﻿<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?><rss version="2.0"><channel><title>De2Haz1 : Para tu crecimiento</title><description>De2Haz1 : Para tu crecimiento</description><link>http://www.de2haz1.com/v2/lecturas/</link><copyright>Copyright De2Haz1 : Para tu crecimiento</copyright><generator>sNews</generator><item><title>Cómo negociar en medio del desacuerdo</title><description>por María Antonieta Solórzano

En todas las familias se cuecen habas, afirma el dicho popular. Y sí: siempre hay peleas, disgustos y malentendidos. Algunos logran salir airosos y se hacen cada día más sabios, pero otros se atascan y se pierden en las enemistades.  

¿Quién de nosotros no se ha encontrado confundido en la mitad de un malentendido, sintiendo que la dinámica de una discusión pasa por encima hasta de la propia voluntad, como si el conflicto asaltara nuestra mente y nos llevara a decir o hacer cosas que no hubiéramos querido ni decir ni hacer jamás?

Y después de estos episodios, ¿quién no se ha sentido adolorido, preso de una gran tristeza o de un gran arrepentimiento, pensando que en ese desencuentro se perdió una relación, un proyecto de vida, una familia o un trabajo, que desde luego habría valido la pena conservar? Y lo peor: sintiendo además que ya no hay manera de volver atrás. 
 
En este tipo de momentos la mente revisa una y otra vez lo dicho y lo hecho. Lo que a menudo pasamos por alto es que las circunstancias las vamos construyendo nosotros mismos, que no son ni tan externas ni tan inmanejables. 

Y es que las razones del orgullo impulsan tanto a los ofendidos como los agresores a sostenerse en los polos opuestos y a evitar una conciliación o un perdón. Un buen camino, quizás el mejor, para anular un conflicto, es que el ofendido pueda recuperar su dignidad o sentirse amado. Pero cuando se actúa aconsejado por el orgullo y no por la dignidad o la comprensión, lo que se hace para solucionar el conflicto resulta tan absurdo que acaba enredando más las cosas.

Por ejemplo, la típica frase “pero si no era para tanto”, en realidad en lugar de restarle al problema, le suma. Lo curioso es cada vez que intentamos usar esta expresión, aunque obtenemos el resultado contrario, no logramos cambiar la costumbre, no aprendemos que al decirle a alguien que su reacción emocional es inadecuada, lo que verdaderamente logramos es comunicarle que no lo aceptamos y más bien lo criticamos.
 
Por otro lado, muchas veces las explicaciones y las aclaraciones complican más la situación que el problema original. Porque nuestro hábito de querer probar que somos inocentes, que el otro está equivocado, nos impide solucionar el desencuentro. Nos pone muy lejos de entender el dolor del otro. 

Recuerdo una situación entre una madre y una hija, en la que la hija contaba que se sentía llena de responsabilidades y triste, y que esta sobrecarga le impedía sentirse libre para tener vida de pareja. Ella explicaba que el origen de la situación era que su madre sufría de una enfermedad crónica que había comenzado cuando ella tenía doce años y su madre recién se había divorciado. La madre, muy molesta, sostenía vehemente que eso no era cierto. Narraba que a pesar de su enfermedad, ella se había encargado de todo. La madre creía que su hija no tenía razón para estar triste y menos para no ser libre.

A medida que cada una intentaba imponer su perspectiva, la relación amorosa y leal que habían tenido se iba destruyendo. La madre no quería ceder, sentía culpa y se defendía, mientras que la hija necesitaba que le reconocieran que su sacrificio había sido necesario. Durante la sesión fue posible que cada una renunciara a tener la razón. La hija pudo ser sensible al sentimiento de la madre y viceversa. Pudieron recuperar el equilibrio de la relación.
 
La costumbre de creer que para solucionar un conflicto hay que tener versiones iguales, hace difícil salir de los problemas. Hacen que el amor y la comprensión, modos naturales de sanarse las heridas, se reemplacen por escenarios en los que se discute quién tiene la razón y quién es culpable o inocente. 

Podemos afirmar que estas costumbres son lamentables porque las consecuencias no solamente abarcan las relaciones familiares y las de amistad, sino que avanzan hasta el escenario de los medios laborales y a la manera como nuestros dirigentes enfrentan públicamente sus diferencias. Pretenden que al invalidar a un oponente, declararle guerra o hacerle perder la dignidad, puedan ganar. 

En las relaciones laborales y aún entre nuestros dirigentes, es fácil ver cómo el tema de tener la razón llega a ser tan importante que las diferencias de perspectivas se ahondan y se convierten en enemistades y odios. Los dirigentes del mundo no dudan en invitar a la guerra una vez que ellos están convencidos de tener la razón.
 
Solo podremos vivir en paz, y usar el conflicto como una estrategia de crecimiento y no de aniquilamiento, el día en que nuestro compromiso más importante al vernos inmersos en un conflicto sea abandonar el orgullo y restituir la dignidad propia y la del otro.          

Pero en nuestra tradición cultural parece ser que la primera regla de oro es culpar al otro. Podríamos describirla como: “primero muerto que confeso”. O: “si usted creó la situación de qué se va a quejar ahora”. Con esta manera de pensar, la desavenencia se duplica porque ahora no solo existe un dolor en una de las personas, sino que el ofensor se declara no solamente inocente, sino que el otro resulta culpable.
 
Qué distinto sería que en nuestra cultura el solo hecho de percibir que alguien tiene dolor, ello nos llevara, automáticamente, a dar amor. Y que si tenemos claro que estamos actuando en la buena fe, no hay necesidad de probar que somos inocentes. Para ello bastaría con reconocer en el otro a un ser digno y respetarlo. Así podríamos conversar y aún negociar en medio del desacuerdo o la diferencia. Hay que entender que lo primero para superar el conflicto es que nadie pierda su dignidad.


(Descarga gratuitamente este artículo: Haz click aquí.)</description><pubDate>Tue, 27 Jul 2010 20:14:27 +0000</pubDate><link>http://www.de2haz1.com/v2/lecturas/el-sentido-de-sentir/cmo-negociar-en-medio-del-desacuerdo/</link><guid>http://www.de2haz1.com/v2/lecturas/el-sentido-de-sentir/cmo-negociar-en-medio-del-desacuerdo/</guid></item><item><title>¿Tener la razón, o hacer el amor?</title><description>por Santiago Pando

Es hora de elegir: ¿tener la razón o hacer el amor? Seguir encarcelados o liberarnos. Sostener la mentira oficial o prender la luz de la verdad.

Tener la razón es la guerra de los siglos y siglos donde todos perdemos. Es la falsa idea de que estamos separados entre nosotros y el Creador. 

En cambio, hacer el amor es unirnos con el presente divino.

Ser feliz y estar en paz es hacer el amor. Ayudar al prójimo es hacer el amor. Agardecer el ahora es hacer el amor. Ver en el prójimo la divinidad es hacer el amor. 

Ver el sexo como sagrado es hacer el amor. Tocar a Dios es todo menos un pecado.

Sentirte culpable es tener la razón. Arrepentirte es tener la razón. Hablar mal de los otros es tener la razón. Vivir con miedo es tener la razón. Hacer de la vida una lucha es tener la razón. Adorar al dios del dinero es tener la razón. Hacer de la mentira lo políticamente correcto es tener la razón. Crucificar cada año a Jesús es tener la razón. 

La razón es el clavo que sostiene el Cristo muerto en la cruz de la cabecera. Es la que nos crucifica los sueños.

Hacer el amor es lo opuesto a tener la razón. Jesús habló de amor, no de miedo. Hablo del poder del perdón, no del castigo del pecado. Nos dijo que la verdad nos hace libres. 

Y la verdad es otra a la razón. 

Una se comparte, la otra se regatea. Una nos abraza, la otra nos juzga. Una nos libera, la otra nos sentencia. Una nos da fuerza, la otra nos da miedo. Una nos conecta con el universo entero, la otra nos separa de nuestra esencia espiritual.

Estar presente en el ahora es hacer el amor. Somos Dios en uno.

Más de Santiago Pando en www.CreerEsCrear.com.</description><pubDate>Tue, 27 Jul 2010 14:35:42 +0000</pubDate><link>http://www.de2haz1.com/v2/lecturas/cocreando-nuestra-realidad/tener-la-razn-o-hacer-el-amor/</link><guid>http://www.de2haz1.com/v2/lecturas/cocreando-nuestra-realidad/tener-la-razn-o-hacer-el-amor/</guid></item><item><title>La gente no necesita cambiar...</title><description>La gente no necesita cambiar sus problemas, sino sus perspectivas.

John C. Maxwell
</description><pubDate>Tue, 27 Jul 2010 14:31:07 +0000</pubDate><link>http://www.de2haz1.com/v2/lecturas/la-frase-de-la-semana-2010/la-gente-no-necesita-cambiar/</link><guid>http://www.de2haz1.com/v2/lecturas/la-frase-de-la-semana-2010/la-gente-no-necesita-cambiar/</guid></item><item><title>Las Siete Herramientas de Amor</title><description>por Gerardo Schmedling (extraídas de una adaptación por Fernando Uribe Saavedra):

ACEPTAR: acepto que el propósito del Padre es perfecto y que todo lo que ocurre es neutro y necesario. RENUNCIO a intentar cambiar a los demás y, en su lugar, trabajaré sobre mí mismo. RENUNCIO a luchar y a tratar de modificar el orden perfecto del Universo y sus procesos necesarios, y, sobre todo, a tratar de interferir con las experiencias de vida de las demás personas.

ASUMIR: asumiré el resultado de mis decisiones y de mi experiencia de vida. ASUMIRÉ que mis pensamientos, sentimientos y emociones los genero yo mismo y no lo que sucede a mi alrededor, ni mucho menos lo que piensen, digan, hagan o dejen de hacer los demás. RENUNCIO a culpar a nada ni a nadie por lo que me suceda o deje de sucederme. El culpable no existe.

ACTUAR: actuaré con total eficacia y serenidad ante cualquier circunstancia que se presente, dando sólo lo mejor de mí en las labores que me corresponda realizar. RENUNCIO a agredir de pensamiento, palabra y obra. No agrediré a nada ni a nadie. Tendré absolutas firmeza y lealtad con los acuerdos y compromisos que libremente establezca. El hacer es la clave del tener.

AGRADECER: agradezco TODO lo que tengo y todas las situaciones difíciles y dolorosas, porque ellas son oportunidades que nos da la vida para aprender y hacer nuestro desarrollo espiritual. RENUNCIO a sufrir ante las dificultades, comprendiendo que tienen un profundo propósito de amor para poder reconocer la ley y liberarme de las limitaciones, las dependencias y el sufrimiento.

VALORAR: valoro y disfruto intensamente todo lo que tengo y todo lo que hago. Reconozco que siempre tengo conmigo todo lo necesario, y valorándolo, desarrollaré la capacidad para disfrutar nuevas cosas y relaciones. RENUNCIO a quejarme de lo que tengo. La queja nos hace pobres. La prosperidad es el resultado de la valoración. El que no valora lo que tiene está en camino de perder lo que necesita.

RESPETAR: Respeto a todas las personas en sus ideas, costumbres, creencias, comportamientos, y en su derecho a tomar sus propias decisiones. RENUNCIO a criticar, descalificar, juzgar, condenar y castigar a toda persona por cualquier motivo, porque comprendo que cada quien hace lo mejor que puede con lo mejor que sabe, y no soy yo quién para juzgarlo. Daré información de sabiduría sólo a quien la pida expresamente o a quien acepte mi ofrecimiento sutil por respetuoso.

ADAPTARSE: me adapto sin reservas al lugar donde me corresponde cumplir funciones para lograr en él una vida llena de satisfacciones. RENUNCIO a huir de lugar y de las situaciones que me corresponde vivir. Creer que la felicidad está en otra parte diferente a nuestro interior, es una falsa ilusión.

¡A partir de hoy sólo pensaré lo mejor, sólo diré lo adecuado y sólo haré lo necesario!

Fuente del artículo original: CLICK AQUÍ.</description><pubDate>Fri, 23 Jul 2010 18:16:41 +0000</pubDate><link>http://www.de2haz1.com/v2/lecturas/claves-para-la-vida/las-siete-herramientas-de-amor/</link><guid>http://www.de2haz1.com/v2/lecturas/claves-para-la-vida/las-siete-herramientas-de-amor/</guid></item><item><title>El hombre que se levanta...</title><description>El hombre que se levanta es aún más grande que el que no ha caído.

Concepción Arenal
</description><pubDate>Mon, 19 Jul 2010 17:21:51 +0000</pubDate><link>http://www.de2haz1.com/v2/lecturas/la-frase-de-la-semana-2010/el-hombre-que-se-levanta/</link><guid>http://www.de2haz1.com/v2/lecturas/la-frase-de-la-semana-2010/el-hombre-que-se-levanta/</guid></item><item><title>¿Dignidad para mí?... También para él</title><description>por María Antonieta Solórzano

Es usual que las circunstancias externas determinen nuestro comportamiento. Así, una esposa dulce explica que se sale de sus cabales porque su esposo estaba iracundo; un padre de familia que cree en las buenas maneras, cuenta que se le cierra a otro vehículo, aún poniéndose en riesgo, porque alega que “ese qué se cree”, que “yo no soy un bobo”.  Resulta totalmente sorprendente y se piensa que sólo Gandhi pudo pronunciar una frase como: “Estoy dispuesto a morir por mi causa, pero no estoy dispuesto a matar por ninguna”.

Parecemos creer que mantenernos fieles a nuestros principios de respeto y cuidado, más allá de las circunstancias, es prácticamente heroico o loco. Nuestras costumbres culturales nos invitan a creer que es cuestión de dignidad contestar la agresión con agresión, que dar escarmiento es lo que corresponde si hemos recibido una ofensa. 

Y, desde luego, la dignidad entendida en palabras de Fernando Sabater como “participar en la creación de nuestro destino junto con Dios”, es verdaderamente importante, pero no ocurre lo mismo con el orgullo herido o el ánimo de venganza.  

Cuando hablamos con las personas que están decididas a no dejarse de nadie, oímos muchos razonamientos que pueden resumirse en frases coloquiales como: “a mí al son que me toquen bailo”; “conmigo por las buenas porque si me tratan a las malas yo también me doy mis mañas”. Dolorosamente, aunque estas personas se sientan muy seguras acerca de estas ideas, pues creen que con ellas  afirman  su dignidad y valor, lo que en realidad  muestran es que están dispuestas a renunciar a muchos de sus valores y principios con tal de no dejarse de nadie.  

Recuerdo, por ejemplo, una persona que en consulta me decía: “yo no estoy dispuesto a aguantar las crisis de locura que le dan a esa señora”- refiriéndose a su esposa-; “ella habla con desprecio y vulgaridad de mi familia y de mis amigos; por lo tanto, yo sí le mostré, para que sepa lo que es bueno, que yo también tengo cosas qué decir acerca de   los defectos y las vergüenzas de su gente. La verdad es que yo me críe en un hogar decente donde estas cosas no pasaban, yo soy muy distinto”.  

Él pensaba que su propio acto, también vulgar y despectivo, era solo el resultado de la provocación de su señora. No estaba dispuesto a reconocer la responsabilidad que le cabía en su agresión. Él, como muchos, suponía que la única causa de los dramas familiares era ella y que en cambio él solo respondía. Como él no comenzaba, presumía que su acción estaba totalmente justificada en la defensa propia. 

Entonces le pregunté si él notaba cómo había renunciado a la tradición que parecía querer preservar. Él aseveró: “no, justamente, por eso estoy decidido a no dejarme, porque uno tiene que mantener su dignidad”. Insistí: “¿Cómo puedes dar testimonio de un principio justamente cuando actúas al revés?” Él se quedó pensando y afirmó: “entiendo, en verdad no puedo hablar de que valoro el trato cordial y amable porque así fui educado yo, y contradictoriamente para demostrarlo vocifero y humillo”. Entendió que así estaba traicionando sus ideales.

Y es que no siempre que creemos defender nuestra dignidad lo estamos haciendo. Ella  tiene que ver con construir nuestra vida y destino de acuerdo con los propios valores y no con los antivalores. La propia dignidad no puede ser el resultado de la humillación de los demás. Esta no se mide en la cantidad de personas sometidas y arrodilladas que tenemos en nuestra historia. En síntesis, de ninguna manera puede alimentarse con la indignidad de los otros.

Cada vez que permitimos que las circunstancias externas determinen nuestro comportamiento y nos transformen en lo que no queremos ser;  cuando notemos que de hombres caballerosos nos vemos convertidos en patanes de la calle; o de mujeres con señorío nos transfiguramos en brujas resentidas, valdría la pena recordar que estamos renunciando a nuestro libre albedrío y a decidir nuestros actos según nuestros propios valores. Podríamos pensar que la frase de Gandhi tiene mucho qué enseñarnos acerca de nuestra propia cotidianidad. Tal vez podríamos afirmar: “estoy dispuesto a vivir en mis valores y no estoy dispuesto a aceptar ninguna invitación a traicionarlos”.



(Descarga gratuitamente este artículo: Haz click aquí.)</description><pubDate>Tue, 13 Jul 2010 19:30:23 +0000</pubDate><link>http://www.de2haz1.com/v2/lecturas/el-sentido-de-sentir/dignidad-para-m-tambin-para-l/</link><guid>http://www.de2haz1.com/v2/lecturas/el-sentido-de-sentir/dignidad-para-m-tambin-para-l/</guid></item><item><title>La experiencia no es lo que...</title><description>La experiencia no es lo que te sucede, sino lo que haces con lo que te sucede.

Aldous Huxley
</description><pubDate>Mon, 12 Jul 2010 15:10:42 +0000</pubDate><link>http://www.de2haz1.com/v2/lecturas/la-frase-de-la-semana-2010/la-experiencia-no-es-lo-que/</link><guid>http://www.de2haz1.com/v2/lecturas/la-frase-de-la-semana-2010/la-experiencia-no-es-lo-que/</guid></item><item><title>Dueño de lo que habla y esclavo de lo que calla</title><description>por María Antonieta Solórzano

Cuando nos sentimos incómodos con que el otro, ya sea el cónyuge, un amigo o un  familiar, es común preguntarnos: ¿Cómo decir lo que pienso acerca de lo que está pasando en esta relación, sin que surja un conflicto que termine con todo?

La sabiduría popular afirma que uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que dice; los adultos aconsejan a los niños no decir, no hablar, los compañeros de clase recomiendan no contarle al profesor, las cónyuges piensan que mejor muertos que confesos. 

Lo grave es que, como en la profecía que se cumple, hablar termina siendo peligroso: los mayores pueden calificar al niño de irrespetuoso y atrevido, el cónyuge se puede ofender y resentirse. Todo pareciera indicar que el remedio es peor que la enfermedad. Dentro de esta perspectiva, se acepta que para mantener una relación se puede usar la mentira o el silencio, que la desconfianza puede crear relaciones duraderas o, peor aún,  que vale la pena sacrificar el amor y la libertad si con ello se conserva una relación.

Sin embargo, a pesar de lo que las costumbres recomiendan, lo más doloroso que nos  puede pasar no es perder el nexo con alguien; es, más bien, convertirse en el esclavo de esa relación, perder o renunciar al derecho de decir lo que se piensa, de sentir lo que se siente. Y es que en verdad cuando un ser humano renuncia a expresarse, se enferman su alma y su cuerpo.   

Son muchas las personas que en la consulta relatan sus padecimientos emocionales y cuentan desprevenidamente sus enfermedades, sin establecer las conexiones. No es raro entonces, que las personas que tuvieron que guardar silencio mientras eran criticadas y gritadas, estén desesperadas y digan que ya no resisten y que ademas tengan problemas de audición; o que quienes tuvieron que ver violencia en sus casas no solo no puedan defenderse de los ataques de otros sino que, además, presenten defectos de visión; o que quien ha sufrido muchas pérdidas y desengaños sufra del corazón.

Recuerdo el relato de un hombre adulto, exitoso tanto en su trabajo como socialmente,  que se quejaba de sentir claustrofobia. No podía subirse a los ascensores, en los   trancones le provocaba bajarse del carro y salir corriendo, sudaba frío y le daba taquicardia. Al conversar fue surgiendo una información importante: también en la relación con su papá se sentía atrapado.

Su padre era un hombre de negocios importante, pero se había vuelto muy dependiente del hijo. Lo llamaba permanentemente, le consultaba hasta el más mínimo detalle de lo que hacía pero, sobre todo, consideraba que tenía derecho de buscarlo a cualquier hora y en cualquier momento. Se dolía si percibía que el hijo se molestaba. 

Le pregunté qué pasaría si hablaba claramente con él. Me dijo “ni se te ocurra, eso es imposible, mi papá nunca entendería que me está estorbando, él me enseñó y me ayudó a ser lo que soy. Sería muy difícil para él”. Le comenté: “Parece ser que te sientes con tu papá como frente a los trancones y al ascensor. En realidad sabes que no son peligrosos, pero pierdes tu autonomía y tu bienestar físico y mental.”   

“Pero, ¿cómo decirle lo que pienso sin herirlo? ¿Cómo le voy a decir lo cansón que se ha vuelto?”, se preguntó. 

Qué complejo que en nuestra cultura pensemos que la única manera de construir un cambio en una relación es partir de hacer una lista de los defectos del otro y no de la expresión libre y sincera de nuestras necesidades. Afortunadamente, nuestro hombre de negocios encontró que podía expresar su necesidad de privacidad y, en simultáneo,  dejar claro que quería acompañar a su padre.

Y es que es muy diferente expresar mis necesidades a acusar al otro por tener defectos. En el primer escenario asumo y me hago responsable de lo que pido, es decir, trato al otro con amor, y en el segundo pretendo que el otro se sienta culpable, intento dominarlo.  

Sin embargo, a pesar de que las costumbres recomiendan el silencio o la sumisión para no afectar la permanencia de los vínculos, lo único que puede construir un mundo donde el amor, y no el miedo, sea el protagonista, es la expresión libre de nuestras necesidades y el compromiso elegido y no obligado de buscar los medios para que todos estemos bien.



(Descarga gratuitamente este artículo: Haz click aquí.)</description><pubDate>Tue, 06 Jul 2010 23:45:00 +0000</pubDate><link>http://www.de2haz1.com/v2/lecturas/el-sentido-de-sentir/dueo-de-lo-que-habla-y-esclavo-de-lo-que-calla/</link><guid>http://www.de2haz1.com/v2/lecturas/el-sentido-de-sentir/dueo-de-lo-que-habla-y-esclavo-de-lo-que-calla/</guid></item></channel></rss>