23- De Vuelta al Paraíso

por Hortensia Galvis

Es un buen ejercicio desenredar “esotéricamente” los primeros capítulos del Génesis. Estos relatan la creación de Adán y Eva y como fueron puestos por Dios en el Edén. Allí desobedecieron la orden divina y comieron del “fruto del árbol del bien y del mal”. Por eso fueron expulsados del paraíso y merecieron una catarata de maldiciones y desgracias.

Traslademos ahora esta información a nuestro interior, y veremos como adquiere sentido. Nuestros primeros padres: ADN y su pareja (las hélices de ADN son dos) habitan en el “paraíso terrenal” de nuestro cuerpo físico. La serpiente (del ADN) nos ofrece diferentes respuestas a situaciones exteriores. Aceptar el fruto prohibido del “bien y del mal” significa juzgar esos sucesos como “buenos o malos”. Si lo hacemos, estaremos automáticamente enganchando nuestra mente en dramas inútiles, que nos pueden provocar mucho sufrimiento.

Para comprender esto, comparemos a María, con residencia en el paraíso, y a Eva, quien ha sido expulsada de él. María permanece en el paraíso porque sabe conservar su paz interior. Ella se permite todas las experiencias humanas, menos comer del fruto prohibido (juzgar). Para Eva, en cambio, los “frutos del bien y del mal” son su dieta habitual. Como resultado, vive en medio de conflictos, y además carga con una secuela inevitable de infelicidad, enfermedades y culpas. Pero...veámoslas a ambas en acción en la vida diaria:

Hay una llamada telefónica para María. Habla la secretaria de su esposo y le dice que él va a llegar tarde. Que “el marido se demora” es el hecho, y María lo acepta. Hace entonces lo justo: come sola, disfrutando cada bocado. Luego ocupa su tiempo en lo que más le gusta. Por último se acuesta y duerme profundamente.

Eva recibe la misma llamada. Su esposo va a llegar tarde. Inmediatamente Eva clasifica el incidente como “malo”. Su mente comienza a interpretar, ¿por qué su marido llegará tarde? “Ese miserable debe estar con otra. Y seguro que a ella si la lleva a restaurantes, no como a mí... etc.” Mientras tanto su cuerpo segrega más y más adrenalina, la presión sube, la respiración y el corazón se aceleran, la rabia y los celos la destrozan. Aparece un terrible dolor de cabeza. Se acuesta, pero no puede conciliar el sueño, porque sus miedos toman la forma de visiones espantosas de lo que “va a ser de ella y de sus pobres hijos”.

A la medianoche llegan a sus casas: el marido de María y el de Eva, llevándoles serenata. María despierta acordándose que es el día de su cumpleaños. Le encanta recibir sorpresas y está muy agradecida con su esposo. Luego, muy amorosa, disfruta haciendo el amor con él. María es una persona muy feliz y hace felices a todos los que la rodean.

Eva, en cambio, ha estado insomne imaginándose lo peor. Cuando marido y serenata llegan, ella está furiosa. Juzga que “los músicos no están tan buenos como los que le llevaron a fulanita”. No hay agradecimiento, porque otro mordisco del fruto prohibido le hace ver que “esta vez sí cumplió, pero que hace tres años ese mal marido olvidó su cumpleaños”. El se duerme sintiéndose deprimido y desgraciado. Mientras, ella vela, está muy ocupada dando vueltas a su carga de remordimientos: “Si yo en vez de haber pensado mal de él hubiera....! Soy una desagradecida,.... El tan bueno... y yo....”. Algún tiempo después viene el auto castigo. La acumulación de reacciones y culpas le provocan una salud deteriorada. Pero, aún enferma, Eva continúa degustando el fruto prohibido: “¡Ayyy!¡ esta enfermedad tan terrible (malo)! ¿Qué habré hecho yo (de malo) para merecerla? ¡Pobrecita yo... soy tan infeliz! ¡Nadie me quiere....!”


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      Hacer una pregunta 08.07.2008. 11:58

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