15- La Energía y el Ser Humano

por Hortensia Galvis

Similar a la conformación del arco iris, todo ser humano es un campo de energía que reúne una octava completa de frecuencias. La más elevada de estas frecuencias corresponde a la del espíritu. En este punto del espectro estás más cerca de la Luz purísima del Creador y por ello eres inmensamente creativo y poderoso. Cuando logras afinarte con ella, basta tu intención enfocada para crear sin esfuerzo todo lo que desees, y lo haces casi en forma instantánea.

En las frecuencias más elevadas de creación, las dos polaridades, yin y yang, coexisten en un balance perfecto. Ese es el nivel de perfección en el que fuimos creados, y al que tenemos que volver, cuando completemos nuestra ronda de experiencias, diseñada para adquirir sabiduría. Nuestro viaje ha sido largo, porque escogimos descender hasta los niveles más densos de la creación, donde la energía tiene una vibración tan lenta, que queda condensada y coagulada como materia. Así que todo lo que existe en el mundo tridimensional, que tus ojos pueden ver y tus dedos tocar, es también luz del Creador, pero en estado de cristalización.

En el reino de lo material, el balance de la energía cambia en la medida en que permanezcamos alejados de la perfección. La característica de este plano es el desequilibrio de las dos polaridades. Este desequilibrio energético es necesario, puesto que en el ámbito de lo más denso impera el estancamiento, y se necesita de más esfuerzo y de acción para romper con la inercia que predomina. Entonces la proporción de la energía yang (el principio activo de lo masculino) debe ser mayor, que la energía receptiva de inacción, correspondiente a lo femenino.

Al descender hasta este plano de densidad, nos fuimos alejando cada vez más de la “Fuente”, nos sumergimos en los niveles mental, emocional y por último en el físico. En la medida en que aumentó la separación del Creador fuimos perdiendo también el poder de crear, y la posibilidad de percibir la realidad que existe en las dimensiones más elevadas. Esto nos colocó en una posición de aislamiento total. Hemos vivido en cuarentena desde entonces, sintiéndonos separados del resto de la creación y en completo olvido de nuestra verdadera esencia.

En este nivel material experimentamos todo tipo de limitaciones; aún para crear las cosas más sencillas, necesitamos de una gran inversión en energía, esfuerzo y tiempo. También nuestra percepción se reduce a una banda muy estrecha del espectro lumínico, quedando las frecuencias más sutiles fuera del alcance de nuestros sentidos. Esos cinco sentidos que poseemos nos permiten ver y tocar un árbol, pero no tenemos capacidad para hacer tangible un sentimiento, ni un pensamiento, y menos aún distinguir aquello que procede del espíritu.

Aún a pesar de sus limitaciones, el cuerpo físico es una herramienta clave para evaluar nuestro desarrollo evolutivo. La realidad física es el escenario donde se manifiestan los resultados de lo que hemos gestado desde los niveles superiores. En la carne recogemos la cosecha que sembramos con las semillas de nuestros pensamientos y emociones, y si estos fueron, o no, nutridos por los dones del espíritu. Si la semilla que plantamos fue de mezquindad, o de rabia, por ejemplo, el fruto que obtendremos será el correspondiente, y sufriremos las consecuencias, porque nadie siembra limones para recoger manzanas.

En este tiempo al hombre se le ha abierto la posibilidad del volver al amor del Padre, para que así su ciclo evolutivo quede completo con el retorno del hijo prodigo al hogar, después de milenios de separación. Sin embargo esta no es la única oportunidad que se ha dado a la raza humana. En otras dos ocasiones, a lo largo de nuestra historia, el portal de la Ascensión estuvo abierto para nosotros, pero ambas experiencias abortaron en catástrofes.

El primer intento se remonta a la época de Lemuria. Entonces la energía estaba afinada en una forma diferente a la actual: la polaridad yang era solo un 35% más fuerte que la yin. En esta forma todavía existía armonía, porque había algo de actividad, y también se conservaba la conexión interna con el Creador. Sin embargo Lemuria sucumbió, porque no consiguieron la aceleración requerida para dar el salto dimensional.

El segundo experimento se llevó a cabo en la Atlántida. Allí se adoptó un balance energético diferente al de Lemuria: la energía yang se incrementó bastante, lo que se expresó en una cultura dominada por la mente racional, y centrada en la tecnología. En cambio la fuerza femenina era entonces prácticamente inexistente. Este desequilibrio tan extremo resultó en la pérdida del contacto interno con el Creador, y en la total desconexión entre la mente y el corazón.

Energéticamente hablando, ahora nos encontramos exactamente en la misma situación que dejaron instalada los atlantes. También entre nosotros domina la energía yang (lo masculino, la lógica, la competitividad, los valores de la mente, la actividad y la tecnología). En cambio que la polaridad yin se encuentra muy disminuida y apocada en todas sus expresiones.

Eso significa que, como preparación para dar el salto dimensional, necesitamos desarrollar el equilibrio entre ambas fuerzas, apoyando el florecimiento de los valores femeninos, tanto dentro de nosotros, como en la conciencia colectiva. Ahora cobra importancia primordial el enfocarnos en aquello que procede del corazón, como: el amor, la quietud, la meditación, la receptividad, el desarrollo de la intuición y la conexión con el espíritu.


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      Hacer una pregunta 13.05.2008. 15:21

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