14- El Tercer Planeta desde el Sol

por Hortensia Galvis

“¡En el tercer planeta desde el sol la vida es bastante extraña!” dijeron los exploradores del espacio, cuando rendían su informe ante la “Confederación Galáctica”. Allí habita una raza humana, biológicamente similar a otras que pueblan infinidad de mundos parecidos. Sin embargo, su cultura para nosotros es incomprensible... Después de escuchar la sorprendente información recopilada por los viajeros, se hicieron muchas conjeturas, que realmente no aclararon nada. Hasta el momento en que la hermosa delegada de Venus, notable estudiosa de la literatura de su sistema solar, habló de una leyenda antigua, que tal vez aportaba una explicación factible a ese misterio.

Cuentan que en ese planeta “una vez existió un hombre llamado Narciso, hijo de la ninfa Liriope y del Dios Cefiso. Narciso era un muchacho de extraordinaria belleza, que naturalmente atraía a todas las jóvenes que cruzaban su camino. Entre ellas había una, llamada Eco, que se enamoró perdidamente de él. Como no era correspondida, Eco dejó de comer hasta adelgazarse tanto, que de ella no quedó sino su voz. Mientras tanto, la vida de Narciso transcurría entre elogios, aplausos y adulaciones, lo que le condujo a fascinarse con su propia imagen. Su gran placer era entonces verse reflejado en todo y en todos. Un día descubrió un lago, que nítidamente devolvía el destello de su figura, y se quedó allí extasiado mirándose a sí mismo, hasta consumirse.”

Para los sabios de la galaxia, reunidos ese día, no quedaba la menor duda, “esa leyenda era la clave para comprender a los terrestres. Narciso y Eco debían ser los padres originales de esa raza. Ahora sabían por qué el hemisferio norte del planeta (de polaridad positiva) estaba tan interesado en reproducir su imagen en todas partes. Y en cambio los del sur (de polaridad negativa) se habían adelgazado tanto, que de ellos no quedaba sino un eco, que repetitivamente devolvía la imagen de aquello que les imponían”.

“¡Claro, ahora comprendo, dijo el embajador Pleyadiano, con gran convicción. “Fíjense que la mayoría de los terrícolas son mujeres, y sin embargo los más altos privilegios son exclusivos para los humanos de sexo masculino. Mientras que a ellas se les han adelgazado tanto los derechos, que se ven reducidas a hacer eco obediente a las imposiciones patriarcales, que rigen la sociedad, la religión y la familia”.

“Sí, realmente a ellas las convirtieron en máquinas de parir hijos, y en instrumentos de placer para los narcisos que imponen la moda y las costumbres” dijo un Arturiano, especialista en medicina holística. “Hay muchas formas ocultas de control, que ellas no han descubierto todavía. Entre otras: el uso de tacones altos, que impiden que el talón del pié tenga contacto con el suelo; así la fuerza de voluntad queda anulada, y ellas, como cometas, se vuelven propiedad del primero que las atrape. Se les llama esbeltas si aprietan bien su cintura; pero la especie femenina no sabe que así la respiración abdominal es imposible, y su centro del poder, bajo el ombligo, queda inutilizado. Se les persuadió de que solo valían si se ceñían a imitar un estereotipo de mujer, creado por la fantasía de las razas nórdicas. Y como ellas son solo un eco, no saben sino repetir una y otra vez el mismo esquema”.

“¿Qué podemos hacer para que esa humanidad despierte?” preguntó el representante de Sirio B, muy acongojado. “¿Hay alguna forma de impedir que, en ese planeta, tanto los seres del hemisferio norte, como los hombres, acaben consumidos y degenerados por sus propios privilegios. Y, que la anorexia debilite tanto a las mujeres y a los habitantes del hemisferio sur, que de ellos no quede sino el eco?”

“Bueno, la situación es grave”, dijo un bellísimo ser angelical de Antares. “Piensen nada más que, para celebrar sus fiestas de fin de año, los del hemisferio sur aceptan que los regalos vienen solo del polo norte. Y que lo único válido, como símbolo de los festejos, son los paisajes de pinos y de nieve, que los nórdicos tienen en invierno. Como en el sur la naturaleza no apoya esa aridez y desolación, entonces han adoptado la nieve química y los árboles de plástico. Pobrecitos, están tan obnubilados, que ni siquiera piensan en sus gigantescas ceibas, ni sus preciosos guayacanes florecidos”.

“Ay, ¡qué pena nos da!” dijeron todos al unísono.


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      Hacer una pregunta 07.05.2008. 11:22

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