¿Y Frente a la Muerte?... El Amor

por María Antonieta Solórzano

En lo más profundo de cada ser humano existe una verdad que no es otra cosa que el Amor: la esencia de una vida plena. Sin embargo, experiencias como la muerte repentina de un ser querido o el final de una relación, estremecen esa certeza. Esos dolores cuestionan el sentido mismo de nuestra vida, al punto que nos parece utópico trascenderlos. En esos momentos, no vemos luz al final del túnel.

Las creencias y explicaciones que hemos aprendido desde niños sobre el amor y la muerte, harán la diferencia: de ellas dependerá que recuperemos la paz o, por el contrario, que el dolor y la amargura se conviertan en nuestro destino.

Y es que el anhelo de dar sentido a las experiencias, amables o difíciles, que conforman nuestra cotidianidad, no es solo una veleidad intelectual o una expresión de la voluntad. Es el único sendero que nosotros, los humanos, tenemos para estar en paz con la vida. Basados en nuestras creencias, le damos sentido a lo que nos sucede.

Cuando frente al dolor lo único que una persona puede decir es “esto no tiene sentido”, los que lo oyen saben que el proceso para recuperar el equilibrio será largo y penoso. Así, el que sufre siente que el dolor se convertirá en su destino.

Entender por qué pasó lo que pasó es, en ocasiones, la pregunta que anima a muchas personas a asistir a una consulta psicológica. No sobra decir en todo caso, que la terapia no tiene y no pretende tener todas las respuestas. Propone, eso sí, acompañar atenta y solidariamente el descubrimiento de una verdad propia.

Cuando se pretende entender por qué murió alguien -un padre, un hijo, un buen amigo- se entremezcla la esencia de la vida con la biografía de una persona. Por ejemplo, una enfermera que asistía a consulta se preguntaba insistentemente: “¿Por qué murió mi madre si yo y el equipo médico que la atendía, hicimos todo lo posible para salvarla?” Tenía pesadillas y en su mente revisaba una y otra vez todas las acciones que se habían realizado al atenderla. Algunas veces encontraba el error en un sitio y otras en otro. No podía entender.

Al conversar con ella durante la consulta acerca de cómo se habían formado sus ideas sobre la muerte, ella recordó cómo su madre nunca pudo aceptar la muerte prematura pero natural de uno de sus hijos. Veía el morir como algo que no debía ocurrir. Guardaba, quizás, la secreta esperanza de que sus seres queridos fueran inmortales. Ella, la enfermera, necesitó comprender varias cosas importantes para poder recuperar la tranquilidad. La primera, que aunque la muerte es dolorosa, es inevitable. Impedirla no está en nuestras manos. Somos mortales.

Es curioso, pero ¿cuántos de nosotros no podemos ni siquiera pensar en la muerte? Creemos que le quita el sentido a lo que hacemos y, más grave aún, le quita el sentido a amar. Es como si pensáramos que, aunque lo evidente es que todo puede cambiar, que sobre la tierra nada es eterno, solo vale la pena amar lo que dura para siempre.

De esta forma reservamos nuestro amor para situaciones o experiencias extraordinarias. Lo sencillo, lo que puede desaparecer, la persona que solo veo por un momento, no debería ser motivo de un acto de amor. ¡Qué diferente sería la vida si aceptáramos que nada dura para siempre, que nada nos pertenece totalmente y que aún así nos es posible amar!

Lo segundo importante que nuestra enfermera llegó a comprender fue que ella podía pensar distinto de su madre respecto de la muerte, sin que ello se convirtiera en una traición. Así, fue más fácil para ella trascender su propio dolor y reencontrarse con su vida, en la que siempre existe la posibilidad de que muera un ser querido.

Pero sobre todo, entendió que lograr que su madre no muriera no era el sentido de su vida, sino más bien acompañarla en el proceso natural de terminar su existencia mostrándole solidaridad y amor. Pudo finalmente reconocer que acompañar a vivir con plenitud a sus seres queridos era lo que en adelante daría sentido a su vida.

Y es que si nuestro entendimiento de la vida no incluye la posibilidad de perder a los que amamos, cuando esta realidad nos sorprenda -y siempre lo hará, no solamente enfrentaremos la tristeza de una partida, sino que el sentido de nuestra vida desaparecerá y el dolor será insuperable.

La muerte de un ser querido o el fin de una relación, aún si traen para nosotros un inmenso dolor, solo pueden trascenderse cuando entendemos que el acto de Amar es en sí mismo la esencia de la vida plena, y cuando a pesar del dolor y el desgarramiento, aceptamos que el amado no es eterno. Al renovar ese compromiso con el Amor, encontramos sentido a la vida nuevamente.


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      Hacer una pregunta 24.11.2009. 12:10