Vivir en Paz no es una Utopía

por María Antonieta Solórzano

¿Será que es una utopía pretender vivir en un mundo en el que las relaciones entre las personas muestren que somos una única comunidad con un solo objetivo, que no es otro que convivir en paz? La misma pregunta cabe, por supuesto, para una familia o para un país. Me lo preguntan algunos amigos y lectores, y creo que este cuestionamiento es relevante.

Desde luego que al pasar la mirada a lo largo y ancho de la historia de la humanidad, la guerra por la dominación y la explotación surge como protagonista principal.

La injusticia social, producto de las acciones abusivas de personas y países que acumulan para sí el control político, económico y social, se legitima a través de leyes que cubren capítulos enteros de nuestra historia. Los intentos de vivir en la equidad solo parecen sueños fugaces que se desvanecen invitándonos a renunciar a la utopía, a aceptar como único destino vivir luchando por el poder, vivir para la guerra.

Ello nos conduce a mirar como un hecho común y corriente que cualquier mujer, que ha sido educada para el ejercicio de la ternura como la mayoría de las mujeres del planeta, o que cualquier niño que hasta ayer jugaba en la parcela, o un hombre cuya misión era proveer y proteger una familia, se conviertan en máquinas de muerte y crueldad capaces de actos atroces. Y ello, con una única explicación: el otro es el enemigo.

Y todos sabemos que los poderosos de la tierra en general, y que los que mandan en la intimidad de los hogares en particular, consideran enemigo a cualquiera que amenace su posibilidad de controlar dinero o afecto. Desde Jesús, todo aquel que hable a favor de la equidad, todo aquel que rete la estabilidad de un imperio o de una jerarquía de poder, es sospechoso. Siempre un personaje como este creará una razón suficiente para ser perseguido, para iniciar la dinámica de la guerra.

Tampoco ignoramos que ellos, los privilegiados, jamás reconocerán que es el miedo de perder el poder lo que anima sus acciones. Ellos prefieren hablar de defender las tradiciones, las instituciones o el orden natural.

Así, hemos visto a los poderosos de la Edad Media perseguir mujeres y quemarlas porque sabían; a los padres de familia sentirse ofendidos porque sus hijos se sienten libres y espontáneos; a los señores feudales hacer la guerra para defender su derecho natural a la sexualidad de cualquier mujer de su propio feudo; a los colonizadores a desplazar bajo amenaza de muerte a los habitantes de una región; en fin, hemos visto a los sistemas de justicia acusar y condenar inocentes.

Desde luego, en estos escenarios esta no es la única violencia que ocurre. También los dominados y maltratados podrán decidir en su defensa, declarar una guerra sin cuartel que busca combatir la injusticia. Muchos podrán entender los múltiples motivos que les asisten ¿Cuántos de nosotros hemos observado desde la barrera y sin comprometernos, cómo la injusticia se ensaña en las vidas de algunos o de muchos? ¿Cuántos nos hemos quedado quietos, hasta que el dolor envuelve a las víctimas en la cadena sinfín de la guerra, sin hacer una propuesta diferente?

Conversando en el consultorio con un hombre que ha dedicado su vida a trabajar por la justicia en general y por la social en particular, me decía: “Defenderse es el único camino hacia la construcción de una sociedad justa, en la que la utopía en que usted cree pueda existir.” Agregaba que se requiere que los abusos en lo personal y en lo social se enfrenten con una defensa contundente. Los invasores, los poderosos, los que mandan, normalmente no reconocen sus límites por el camino de la reflexión. Decidida y difícil convicción, respetable por supuesto, pero contraria a otras.

Es conmovedor encontrarse con personas que efectivamente quieren hacer una diferencia en nuestra historia. Con seres para quienes las mujeres de la edad media eran sabias y podían aportar al desarrollo del conocimiento. Con hijos libres que construirán un planeta libre. Con mujeres que tienen derecho al ejercicio autónomo de su sexualidad. Pero sobre todo, es conmovedor encontrarse con seres que sienten que es criminal desalojar a los habitantes de una región y no tienen duda de que la justicia debe proteger a los inocentes y castigar o rehabilitar a los culpables.

Cada uno de nosotros tendrá que elegir cuál es el destino que quiere que sus hijos recorran. Imaginarlos en una guerra sin cuartel por la dominación, o comprometidos con la utopía de recuperar una vida justa y digna para todos, desarrollando los caminos que la propia conciencia ilumine; en todo caso, para pertenecer a una única comunidad: la de los seres humanos en paz.


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      Hacer una pregunta 16.02.2010. 11:40

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