Vivir como se quiere no es un lujo

por María Antonieta Solórzano

¿Estamos satisfechos con la clase de cotidianidad que tenemos? ¿Las urgencias del día a día nos envuelven en actividades que nos alejan de nosotros mismos y nos crean un vacío? ¿Vivimos tan ocupados, tan llenos de quehaceres, que vemos pasar la vida sin saber cómo la estamos viviendo?

Inventarnos la propia vida, forjar nuestra propia historia es una tarea que hacemos segundo a segundo. Con frecuencia dedicamos nuestros mejores esfuerzos a obligaciones que nos parecen importantes, a realizar cosas que nos gustan o, por qué no, a sacrificarnos para que los demás se sientan bien. Pero pocas veces nos dedicamos a reflexionar acerca de si la vida que tenemos es lo mejor que podemos darnos.

La época de vacaciones es una buena oportunidad para contestarnos ese interrogante, pues el tiempo libre se convierte en una especie de termómetro que nos ayuda a medir nuestro nivel de realización personal.

Al cambiar la rutina podemos encontrarnos con una sensación que se parece a lo que un escritor puede sentir frente a una página en blanco, o un pintor frente al lienzo vacío. Es decir: nos encontramos frente a frente con lo que somos. Lo que inventemos será por completo nuestra responsabilidad.

¿Experimentamos ansiedad y no queremos pensar en nosotros mismos? ¿Buscamos un lugar alejado para revisarnos y reflexionar? ¿Queremos aventuras, probar experiencias y mundos nuevos? ¿Queremos ver a todos los que no hemos visto? ¿No queremos ver a nadie?

La manera en que descansamos tiene mucho que ver con la actitud que tenemos mientras estamos ocupados. Por ejemplo: si nos gusta lo que hacemos, es bien probable que el descanso nos ayude renovar las fuerzas. Si por el contrario, durante el descanso descubrimos que estábamos agotados, que nos exigimos demasiado, que nuestra salud física se estaba deteriorando, no es raro que orientemos nuestras fuerzas a cambiar de actividad.

En la terapia he oído con frecuencia esta frase: “Lo único que quería hacer en estos días era desconectarme de todo, dormir y dormir, estaba tan cansado que en realidad solo dormí y comí…” Y desde luego la pregunta importante es: ¿Cómo es posible llegar a ese estado de cansancio sin notarlo?

Y es que no estamos acostumbrados a cuidarnos. Hemos llegado a una forma de vida en la que la productividad y el cumplimiento del deber, en lugar de garantizar el bienestar, se oponen a este. Curioso pero cierto.

Las personas no le dan importancia al cansancio. Solo pueden parar su actividad cuando se enferman. Ser fuerte, esforzarse, ser perfecto, se perciben como más importantes que vivir armónicamente.

En la consulta también me cuentan cosas como esta: “Es difícil, todo el día juntos es como crear una bomba de tiempo, se aumentan las tensiones y las peleas”. Y es que nos hemos olvidado de cómo compartir en la intimidad, de cómo ser amables mientras estamos con el otro.

Así, el trabajo en lugar de conectarnos con nuestra creatividad, se ha convertido en un enemigo de la intimidad. En los medios laborales los sentimientos no importan. Y lo más grave: pasamos tanto tiempo allí que ya no sabemos qué hacer con el afecto, ni cómo hacer para compartir en lugar de competir. La búsqueda de la eficiencia curiosamente nos especializa y nos hace perder la visión amplia de todo lo que podemos ser.

Pero también oigo relatos en los que la persona dice: “Es así como me gustaría vivir, es en esa clase de experiencia en la que me siento vivo, en la que puedo ser yo mismo”. O también: “Pero qué voy a hacer si dependo de los ingresos para poder vivir”.

Y desde luego la reflexión es difícil. El dilema entre hacer lo me gusta pero tener menos ingresos o tenerlos y vivir descontento, se ha vuelto el pan diario de muchas personas.

Vivir haciendo lo que se quiere se ha convertido en un lujo. La mayoría de las personas no solamente desean las vacaciones para vivir como quieren, sino que añoran el momento de pensionarse. Qué curioso tener que pensar que la vida va comenzar cuando compremos la libertad. Es una especie de esclavitud contemporánea.

Resulta increíble que nos hayamos inventado una manera de vivir en la que lo que se hace cotidianamente es distinto de lo que tiene sentido y nos hace felices. En realidad para tener una vida plena, el tiempo libre no tendría por qué ser muy diferente al tiempo del trabajo o la profesión. Los dos tendrían que proporcionarnos realización y gratificación.

Construir una vida en la que el diario vivir sea gratificante, en la que segundo a segundo lo que hacemos esté pleno de sentido, bien sea una tarea sencilla o una trascendental, es el eje de nuestra realización personal. Lograr ser competente sin que ello riña con compartir, ser eficiente sin renunciar al disfrute del afecto, lograr que el tiempo de la cotidianidad sea siempre el tiempo de libertad, es un imperativo amoroso.


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      Hacer una pregunta 26.01.2010. 13:46