Triunfo... para Todos

por María Antonieta Solórzano

Estamos tan acostumbrados a ver que la vida de la casa es una y la de calle es otra que, por ejemplo, nos parece natural que un hombre al interior de su familia sea un padre bondadoso, y en cambio en el trabajo, se convierta en un jefe despiadado. O que una madre generosa y sensible frente a los sentimientos de sus hijos, en la empresa despida a los empleados sin derramar una sola lágrima.

Nuestras costumbres culturales nos llevan a pensar que en eso no hay nada de extraño, pues mientras en la familia lo normal es quererse y tratarse bien porque el maltrato o la frialdad resultan dolorosos, en el mundo de afuera se trata de ser ganadores: unas veces en franca lid y otras, a cualquier precio. En consecuencia, en el mundo de calle, la comprensión y la tolerancia pueden resultar hasta peligrosas.

Lo llamativo es que aunque se trate de diferentes mundos, como la persona sí es la misma y le toca vivir cambiando libretos en los que sus principios se niegan mutuamente, lo obvio es que en medio del sufrimiento que ello implica, la incongruencia campea.

Pero lo raro es que permanecemos tan inconscientes de estas divisiones al interior de los seres humanos, que se nos antoja un caso tan conocido como la doble personalidad del Dr. Jeckyll y Mr. Hyde; o imaginamos que Michael Corleone, el conocido padrino de la mafia, despiadado enemigo y padre amoroso a la vez, es solo un personaje de ficción.

¿Cuánto tiempo más vamos a creer que suprimir los sentimientos amorosos de la vida de la calle no tiene consecuencias? ¿Cuánto más vamos a negar que al actuar como ganadores fríos, estamos creando el escenario en el que las violencias que nos aterran ocurren?

Recuerdo el relato de una joven de unos 18 años, hija de una pareja de ejecutivos exitosos, que sufría pues no podía decidir si terminar con su novio o casarse con él.

“Imagínate” -me decía- “él siempre ha sido cariñoso, solidario conmigo, incluso en los momentos más difíciles con mi familia. De repente, me entero de las actividades en las que está metido y se me transforma en otro. Lo veo ser duro y frío, me doy cuenta de que no duda en hacer lo que sea para cumplir sus metas, como si no tuviera ni Dios ni ley. A mí me parece increíble” -continuaba con su relato- “estoy muy confundida, me da miedo pero lo quiero. No se qué pensar, en un momento me parece malo y en otro normal.”

Le pregunté cómo se explicaba sus dudas y me dijo: “mira, mi papá no es muy distinto, le ha tocado muy duro, él me dice que le ha tocado desconfiar de todo y avisparse, no dejarse de nadie, comenzó desde abajo y hoy en día es un empresario exitoso. Es cariñoso con nosotros y sobreprotector, igual a mi novio.”

“Pero también mi mamá me dice que todo tiene límites, que hay cosas que ni papá ni ella, harían por ninguna plata del mundo. Pero” -remataba mi paciente- “no sé, al fin y al cabo en la vida, como en la guerra, ganan los duros. Una persona que no sea así, a lo mejor no va a tener con qué vivir.”

En fin, es creencia colectiva que la vida social es un eterno conflicto entre seres que desconfían unos de otros; que es necesario ser un estratega duro, racional y frío para ganar la pugna entre oponentes que no solo se influyen mutuamente, sino que incluso pueden ser capaces de engañarse. Aún más: estamos convencidos de que para ganar, como se dice popularmente, se vale dejar el camino regado de cadáveres físicos.

Lo más grave es que en cualquier momento nuestros hijos pueden convertirse en víctimas o victimarios del juego de la calle, mientras nosotros pensamos que todavía son niños de primera comunión.

Tengámoslo claro: suprimir los sentimientos amorosos de la vida social tiene consecuencias dolorosas y aterradoras. Solo podremos crear un mundo donde nuestros hijos escapen al destino de ser víctimas o victimarios, cuando nos demos cuenta de que ganar individualmente no construye confianza, ni prosperidad, que solo es un verdadero ganador, un líder irremplazable, aquel que siembre triunfo y progreso para los suyos y para los otros.


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      Hacer una pregunta 07.09.2010. 21:44