¿Tolerancia, o Permisividad?

por María Antonieta Solórzano

Todos sabemos que la convivencia en la sociedad, familia o pareja, requiere de la habilidad permanente para aceptar al otro como es y valorarlo con benevolencia.

Sin embargo, en la práctica esto no resulta tan fácil, pues en el día a día surgen situaciones en las que no sabemos si estamos ejercitando la tolerancia o, más bien, nos convertimos en permisivos. Por ejemplo: ¿Qué hacer con las costumbres que admiten que los miembros de una pareja se manipulen con el afecto? ¿Cómo arreglárselas en una familia en la que parece normal burlarse del que comete un error? O, ¿cómo reaccionar frente a aquellos que, con naturalidad y una sonrisa en la boca, parecen tener todos los derechos y ninguno de los deberes?

Y es que una cosa es consentir con la diferencia, reconocer que no somos iguales, que oírnos y construir acuerdos es el mecanismo fundamental para crear familias y sociedades sanas; y otra muy distinta, que alguien apoyado en la relación afectiva o jerárquica que tiene con nosotros, nos niegue el derecho a ser respetados y que, para empeorar las cosas, pretenda que a nosotros nos parezca bien.

En la consulta, es frecuente oír relatos en los que, en ocasiones, el atropello se enmascara con el mal humor. Por ejemplo, recuerdo la historia de una pareja que solía salir a caminar. Él, al notar que ella caminaba despacio, se quejaba en mal tono y aún mas, la descalificaba diciéndole -“qué desespero, ¡usted sí que es lenta!”- Desde luego, terminaban pasando un mal rato y los dos sufrían.

Lo curioso es que él sabía que ella se iba a molestar con el comentario, y ella que él se iba a desesperar con la velocidad, pero se acomodaban al amargue. Al fin y al cabo nadie se separa por una nimiedad de esas. Aún si estas nimiedades se repiten a diario, pues el supuesto es que él tiene derecho de decir lo que le molesta y ella el de caminar como quiera. La expectativa es que el otro se aguante, que sea tolerante.

También, recuerdo historias en las que el atropello se oculta en la manipulación y la seducción. En esas conversaciones unos cuentan que se sienten tristes y culpables, que adquieren misteriosamente la sensación de ser responsables de lo que le pasa al otro. Y los otros afirman que si no les hacen caso es que no los quieren o nos los respetan.

Lo que parece claro es que al establecer una relación interpersonal ninguno tiene claro ni sus derechos ni sus deberes. La dificultad para reconocer los propios límites y las propias responsabilidades llega a extremos en los que, por ejemplo, las personas se encuentran dándole dinero al amigo sin que este adquiera ningún compromiso, o aceptando una carga de trabajo muy grande que los lleva a sacrificar su vida familiar para complacer al jefe, o peor aún, a pesar de que sufren en una relación no se atreven a cambiar.

En una frase, unos llegan a caminar por el sendero de permisividad sin siquiera notarlo, y los otros por el del abuso, pues actúan según el refrán popular- “está brava mi vecina porque se comió mi gallina”. Lo más grave de este escenario es que, con frecuencia, las víctimas de los atropellos se sienten tan culpables de que el otro sufra o se moleste, que ellas mismas se encargan de evitar la reflexión de su victimario. Nada de esto tiene que ver con la tolerancia, con el respeto a la diferencia.

Qué importante sería entonces que al reconocer nuestros derechos y responsabilidades frente al cuidado y a la dignidad de los otros y de nosotros mismos, las parejas hablaran directamente acerca de sus necesidades, que los errores se convirtieran en una ocasión para aprender, y finalmente, que pudiéramos poner límites a seductores y manipuladores.

Qué diferente sería entonces nuestra cotidianidad si muchas personas lograran asumirse como, finalmente, lo hizo el marido cascarrabias quien días después al ver que su señora caminaba lentamente, la invitó a resolver la situación diciéndole: “noto que para mí es difícil ajustarme a tu ritmo, no quisiera apurarte y no sé cómo caminar despacio”, abriendo así el camino hacia la verdadera tolerancia y la creatividad.

Cuando la tolerancia sea el resultado de la interacción entre personas dispuestas asumir, con responsabilidad, sus deberes y sus derechos, y a responder por las consecuencias de sus sentimientos y de sus actos, podremos construir una sociedad donde la equidad sea una realidad.


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      Hacer una pregunta 09.11.2010. 22:51