Todos Somos Parte de la Armonía Universal

por María Antonieta Solórzano

Todo lo que existe tiene una función necesaria para la armonía universal. Se requiere que la estructura más sencilla, al igual que la más compleja, cumplan con su tarea. Los ríos llevan el agua hacia los mares; las selvas limpian el aire del planeta; las abejas polinizan. Lo mismo sucede con las relaciones familiares o sociales. Se necesita que los padres sean verdaderos padres para que los hijos se desarrollen sanos; que los gobernantes administren bien a los pueblos para que las naciones sean prósperas.

Los seres humanos vivimos, sin embargo, en sociedades que no funcionan. El temor a la soledad y al abandono así nos lo muestran. ¿Será entonces que vivimos haciendo lo que no corresponde? O peor, ¿que tenemos la ilusión de que nos vamos a salvar de asumir nuestra responsabilidad, en el desastre? Grave, si además de estar ciegos tenemos vanas esperanzas.

En la consulta es conmovedor oír a las familias relatar historias sobre lo que los aqueja y ver que creen que lo están haciendo bien, que no saben qué es lo que les pasa. Nuestras ideas sobre el origen del dolor son ingenuas.

Por ejemplo, un hombre de edad decía acerca de su niñez: “Yo era tan buen hijo, quería tanto a mi padre, que siempre lo esperé a la salida de los sitios en los que se emborrachaba, para llevarlo sano y salvo a casa”. Este relato produce en la mayoría de las personas admiración y ternura, pero rara vez se preguntan por las consecuencias que esta experiencia tuvo en la vida de ese chico.

Pues bien, ese niño se convirtió en un hombre sensible y bueno que dedicó su vida a seguir cuidando adictos. Se casó con una mujer adicta, tuvo un hijo adicto. Pero, sobre todo, no entendía su gran miedo a ser abandonado. Según él, nadie lo había abandonado. Pensaba que siempre estuvo junto a su padre. No percibía que la función de protección y cuidado que correspondía al padre, la ejerció él. Le tocó ser el padre del padre, de allí su sensación de abandono.

Crecer junto a un padre alcohólico hace que los hijos tengan la sensación de no contar con él. Cuando la persona está sobria se vive en un mundo diferente del que surge cuando consume. En este último, lo real desaparece. Para el hijo todo puede cambiar de un momento a otro. La seguridad desaparece y da paso a la incertidumbre, la rabia, la vergüenza.

Cada vez que un hijo tiene que pasar por encima de sus necesidades de protección y cuidado para encargarse prematuramente de las de su progenitor, aunque se vuelven muy hábiles en esta tarea de ser autosuficientes y emprendedores, en el fondo de su corazón han perdido la seguridad de ser amados, no esperan que alguien los cuide. A cambio del afecto permiten que los usen e incluso los maltraten. Por ejemplo, se les oye decir: “No hay remedio, el amor duele; soporto todo eso porque el amor es así”.

En nuestra estructura social este escenario se complica. Estas experiencias no son la excepción y la inversión de los roles en las relaciones entre padres e hijos se repite bajo diferentes libretos. Por ejemplo, la madre que al quedar viuda o divorciarse no puede hacerse cargo de su vida, y así su hijo mayor se encarga de lo económico y la hija menor de lo afectivo.

Cada vez que en una estructura familiar o social los encargados de cuidar fracasan, los que debían recibir el cuidado pierden su seguridad interior, se vuelven incapaces de tomar decisiones felices en su mundo afectivo, se convierten en mártires sacrificados.

Es frecuente que los padres o las madres que no han cumplido con las tareas de nutrir, proveer y proteger en lo material, emocional o espiritual a sus hijos, ni siquiera lo noten. Creen que es posible cuidar de sus hijos aún si ellos no pueden cuidar de sí mismos.

Cuando los padres hacen lo que les corresponde: guiar, cuidar, proteger y nutrir, construyen la felicidad interior de sus hijos, no importa qué tan difíciles o particulares sean las circunstancias de tal o cual familia. El acto de amar se da por igual en ricos o pobres; en enfermos o sanos; en familias prósperas o en las que sufren quiebras económicas. La confianza en el amor da la fuerza en todos los casos. Cuando los gobernantes cumplen sus responsabilidades, los pueblos y las generaciones siguientes vivirán bien y serán prósperos. Recordemos: todo lo que se hace tiene sus correspondientes consecuencias en la armonía familiar, social, y por qué no, también en la universal.


(Descarga gratuitamente este artículo: Haz click aquí.)

      Hacer una pregunta 17.11.2009. 21:10