Todo Encuentro es el Comienzo de una Separación

por María Antonieta Solórzano

Cada vez que iniciamos una relación bien sea de amistad, pareja o sociedad laboral, anhelamos que esta vez sí se cumpla la promesa de los cuentos de hadas que todo funcione bien y seamos felices para siempre. Sin embargo, valdría la pena que tuviéramos en mente que todo encuentro es el comienzo de una separación.

Desde luego, las circunstancias varían de un caso a otro. Pueden ir desde un “nos distanciamos” sin mayores razones ni desazones, hasta un “nos traicionamos y no queremos volver a saber del otro”. En principio, podemos pensar que las consecuencias de la terminación de una unión son únicamente para los implicados, pero en verdad no es así. Cuando, por ejemplo, un matrimonio se termina, los hijos y los amigos de la pareja también se afectan; cuando los socios liquidan su compañía igualmente los empleados o los clientes sufren los efectos.

En general, en el corazón y en la mente de los afectados aparecen tribulaciones y cuestionamientos que tienen que ver con asumir los cambios, pues la familia se transforma, la vida cotidiana tiene nuevas rutinas o el proyecto laboral se derrumba. Pero si además a estas situaciones hay que agregarle la urgencia de decidir -“¿Con quién me quedo yo?” “¿Quién tendrá la razón?”- el desgarramiento interior puede ser inimaginable.

En esas circunstancias, los hijos, los amigos o los empleados, entran en un dilema trágico, pues tener que escoger entre dos lealtades es verse obligado a traicionar a alguien a quien se quiere. Es como estar atrapado sin salida. En estos casos, la creencia popular que reza que “el enemigo de mi amigo es mi enemigo”, no puede aplicarse.

¿Será posible que aprendamos a concluir las relaciones sin declararle guerra al futuro ex cónyuge o ex socio? ¿Será posible que cuidemos el alma de los demás allegados sin forzarlos a excluir al otro de la lista de sus afectos?

Decidir con quién ser leal y a quién dejar atrás es siempre doloroso. Pero cuando es la pareja conyugal la que se rompe y cada uno hala para su lado reclamando la lealtad de los hijos como botín de guerra, es el alma, la seguridad interior y la confianza de los hijos, en sí mismos y en el mundo, lo que se enreda en medio de esta batalla.

Recuerdo el relato de una madre que estaba preocupada porque su hijo, a pesar de ser un muchacho inteligente, no lograba un buen desempeño académico. Al parecer nada le interesaba y estaba totalmente apático. Al conversar con ellos la madre comenzó a relatar cómo su matrimonio había sido desastroso. Agregaba que inclusive había existido agresión física entre ella y su ex esposo. En ese momento, miró al hijo para que él corroborara la información, él devolvió la mirada y rompió en llanto.

Durante las conversaciones siguientes fuimos aclarando que el muchacho mantenía una pelea interior entre el buen recuerdo de su padre, quien había sido muy cariñoso con él y quien en realidad continuaba intentando acercarse, y la dificultad para aceptar que hubiera golpeado a su madre y que, además, ahora tuviera una novia.

Pudo ver que, en primer lugar, a él como a todos los hijos de una pareja, le dolía ver que el amor de sus padres se había transformado en agresión. En segundo lugar, al ver el dolor de la madre, se alió con ella y rompió con su padre.

Esto lo confundió pues en verdad los problemas de la pareja no son de los hijos. Él comenzó a sentirse mejor cuando pudo aceptar que tenía derecho a querer a su padre y a su madre. Desde luego, para la madre fue difícil reconocer que la lealtad de su hijo con ella tenía que ver solo con ser la madre y no una mujer víctima del ex marido. Reconoció que era un error reclamar a su hijo como aliado en su propia guerra.

Recordemos que tarde o temprano todo encuentro termina en una separación, aún si la causa es la muerte natural de una de las personas. Nadie nos pertenece y menos para siempre. Evitemos agregar al dolor del final de un lazo afectivo la rabia de suponer que era eterno. Liberemos a nuestros hijos de la responsabilidad de aliviar nuestras inseguridades. Una sociedad construida por seres libres, responsables y sin obligaciones que nos les corresponden, será una sociedad que albergue familias donde el amor verdadero ocurra.


(Descarga gratuitamente este artículo: Haz click aquí.)

      Hacer una pregunta 01.03.2011. 16:40