¿Será que solo los males nos unen?

por María Antonieta Solórzano

Nos conmueve notar que las grandes tragedias, la muerte de un gran líder o de un ídolo, lo mismo que el efecto de los desastres naturales o de la guerra en la vida de los habitantes de una región, desencadenan en los seres humanos sentimientos de solidaridad que en ocasiones alcanzan dimensiones memorables.

Por ejemplo, los actos heroicos que protagonizamos frente a catástrofes como Armero o Armenia son incontables; también cuando la empresa en la que trabajamos está al borde de la quiebra podemos ser muy creativos, diseñar nuevas estrategias, trabajar horas extras hasta cambiar la situación. En lo personal ocurre otro tanto: no falta quien en el momento de ver perdido su matrimonio, al ver la inminencia del abandono por parte de su cónyuge, se ponga las pilas y comience a cuidar de su relación como antes nunca lo había hecho, y tenga los detalles y el compromiso que su pareja siempre le había reclamado.

Es evidente que cuando las amenazas ocurren somos capaces de sacar lo mejor de nosotros mismos. Pasamos por encima de las diferencias individuales, hacemos frente común y salimos adelante.

Y claro, esto nos asombra porque al mismo tiempo y por el contrario, sin que medie una explicación clara, condenamos a la mediocridad nuestra vida doméstica o laboral peleándonos furiosamente por cosas sin importancia. “Que si te demoraste 10 minutos más para estar lista”, “que así no fue como sucedió”, “que tú me gritaste primero”, “que no me gusta que saludes tan afectuosamente a todas tus amigas”, “que el tono del correo electrónico me molesta”, “que no me citaron a tiempo y eso sí no lo perdono”, etc., etc.

¿Será que solo los grandes males son capaces de unirnos? ¿Será que nuestro diario vivir no nos parece suficientemente importante como para que el bienestar colectivo prime frente al orgullo personal?

Todo indica que frente al gran peligro limamos las asperezas y reducimos los conflictos, pero que frente al sostenimiento del bienestar, nuestros egos se crecen y quieren llevarse el punto. Por eso, aumentamos las luchas por el poder.

Así por ejemplo, no es raro que una vez que el cónyuge ha reconquistado a la pareja y de nuevo se sienta seguro, vuelva a las viejas andanzas. Es frecuente en la consulta oír frases como esta: “Yo no confió en él (o ella), ya hemos pasado por esto, cuando recupera la seguridad de que yo me quedo, las cosas vuelven a ser como antes: comienza a llegar a tarde, se torna apático frente a la sexualidad, todo le molesta, no hay palito con qué cogerlo”.

Si indagamos por la explicación que el cónyuge tiene frente a esta situación, es probable que nos diga: “no, lo que pasa es que también ella (o él) quiere que todo se haga a su manera y bueno, yo sí la quiero mucho, pero también es muy difícil si siempre está reclamando y, además, yo también quiero sentirme bien a mi manera”.

Lo corriente es ver que los dos se impresionan al oír un comentario como este: “pareciera que están dispuestos a hacer todo lo que se necesita para no separarse, pero no están dispuestos a hacer un esfuerzo similar para convivir en armonía”.

Algunos se atreven a avanzar y se preguntan qué es lo que pueden hacer para salir de la encrucijada. Poco a poco van encontrando que lo posible es recorrer el camino que comienza con creer en la buena voluntad del otro; que pasa por entregar la propia vulnerabilidad en la confianza de que el otro no va a sacar ventaja, y por recibir con lealtad y dignidad las carencias del compañero; que finalmente nos lleva a privilegiar los intereses colectivos frente al crecimiento de nuestro propio ego.

Nuestras creencias culturales, lamentablemente, nos llevan a creer que vale más quien manda. Y por lo tanto, con tal de mandar, se vale acabar con el otro, con el amor y la confianza. Nuestra ceguera o nuestra ingenuidad al obedecer este mandato nos ha conducido a convertir nuestra vida doméstica o laboral en un cuadrilátero donde se lucha por el control o el dominio del otro en lugar de convertirla en el terreno donde se siembra la confianza.

Pero si decidimos invitar a la vida cotidiana al héroe que surge en nosotros cuando enfrentamos las grandes tragedias, al que usa la confianza para limar las asperezas, seremos capaces de construir una convivencia en la que lo memorable reemplace a la mediocridad.


(Descarga gratuitamente este artículo: Haz click aquí.)

      Hacer una pregunta 10.03.2011. 17:26