¿Por qué me pasa esto a mí?

por María Antonieta Solórzano

Son muchas las oportunidades en las que nos preguntamos, ¿Por qué me pasa esto a mí? A veces este cuestionamiento surge cuando algún episodio maravilloso nos llega y no podemos creer que una cosa así nos ocurra. Por ejemplo, cuando vamos por la calle distraídos y de repente aparece, exactamente, la persona que necesitábamos para cambiar el curso de nuestra vida y, como por arte de magia, se nos presenta el trabajo que buscábamos o el afecto que nos hacia falta. Pensamos que esto no puede ser, no creemos merecer tal bendición, pensamos más bien en la buena suerte.

En otras oportunidades la sorpresa surge frente a circunstancias que nos llenan de dolor o sufrimiento y decimos: “Yo nunca creí que algo así me pudiera pasar, esto es lo último que me podría ocurrir, no creo haber hecho nada tan malo como para merecer esto”. Más bien suponemos que son cosas del destino.

Y es que corrientemente pensamos que lo que nos pasa es resultado directo de las buenas o malas acciones que hayamos hecho y llegamos a pensar que las vida es así, que son cosas del azar, de la suerte o del destino.

Muchas de las conversaciones que ocurren durante la consulta tienen que ver con este punto tan delicado: discernir si aquello doloroso o amable que nos ocurre es el resultado de la suerte, del azar y, por lo tanto, escapa totalmente a nuestro manejo o, más bien, es la consecuencia lógica de las creencias y actitudes que tenemos sobre la vida.

Al proponer mirar desde esta óptica los eventos dolorosos, las personas protestan: “Pero cómo puedo yo mismo” -dicen- “ser la causa del dolor que estoy viviendo? Eso me parece absurdo”. O, “Cómo puedo haberme creado este descalabro económico, o esta enfermedad? No, yo no puede haberlo decidido, esto es más bien un tema de la fortuna”.

Sin embargo, cuando en la conversación examinamos con detenimiento los sucesos que acompañaron al descalabro económico, por ejemplo, se hizo claro que se había aceptado la dirección de la empresa familiar más para complacer al padre, que porque se estaba motivado o capacitado para ello. Adicionalmente, se hizo evidente que la comunicación era indirecta con el padre y ello se convertía en un impedimento para la expresión de los propios deseos.

En ese momento se pudo notar que efectivamente estas actitudes, al nublar la mente y entorpecer las decisiones, habían creado las condiciones para el descalabro económico.

Cuando las consecuencias son más dolorosas es mayor la tendencia a aferrarse a las explicaciones como la injusticia de la vida o los designios divinos. Esto ocurre por ejemplo, cuando un episodio de la vida sexual trae consecuencias duras que cambian para siempre el curso de la vida.

Al comienzo de la conversación y con un gran sentimiento de culpa dicen: “Es que soy muy de malas”. Pero lentamente al hacer conciencia sobre las circunstancias y los estados emocionales que rodearon el instante que transformó el rumbo de la vida, aceptan y expresan: “En efecto, formé parte activa del suceso, no soy una victima y puedo reconocer que no me valoré suficientemente, que mi miedo a perder a la otra persona me impulsó a descuidarme”. Desde luego, se dan cuenta de que aunque notaron lo que pasaba, tomaron el riesgo y perdieron. Es decir, fue su decisión, y curiosamente, la tranquilidad aparece.

Y es que reconocer que no somos victimas del destino, que somos responsables de las cosas que nos pasan, nos permite comprometernos con nuestro futuro. Esto nos da esperanza.

Desde la cara amable de la moneda, observamos que muchas personas que han dedicado su vida con generosidad y afecto a formar una familia, una empresa o un proyecto social, se extrañan al recibir gratitud. No parecen valorar lo que han hecho. Dicen: “Eso no tiene ningún merito, simplemente cumplí con mi deber”. No cuidan la cosecha aunque sean buenos sembradores. Y con esa actitud, incluso, pueden llegar a perder los frutos de su generosidad.

Al reflexionar sobre sí mismos pueden apreciar lo que hacen y recibir entonces el aprecio de los demás. Pueden decidir que lo bueno que les ocurre no es cuestión de suerte, porque lo han cultivado.

Lo claro es que cuando no entendemos lo que nos pasa, lo que ocurre es que en algún punto de la historia, renunciamos a lo irrenunciable: a hacernos cargo de nosotros mismos. Si entregamos la responsabilidad de nuestro propio cuidado a otro, vamos a creer que el dolor o la felicidad que experimentamos vienen de afuera. Pero si aceptamos realizar la tarea más importante de nuestra vida, hacernos cargo de nosotros mismos, descubriremos, felizmente, que a mayor nivel de conciencia, mayor libertad y por lo tanto menor la influencia de eso que llamamos ‘destino’, en nuestro futuro.


(Descarga gratuitamente este artículo: Haz click aquí.)

      Hacer una pregunta 27.10.2009. 10:59