Oir al Cuerpo

por María Antonieta Solórzano

Ser felices es natural, así nacemos. Es tan natural que si experimentamos dolor o infelicidad inmediatamente nuestro organismo reacciona y busca espontáneamente los caminos para recuperar el equilibrio. Lo mejor es que él sabe muy bien cómo hacerlo, y si aprendemos a oírlo nos indica lo que podemos hacer para ayudarnos.

Lo grave es que con nuestra manera de pensar podemos bloquear esa sabiduría innata. Nuestra tradición cultural no cree que la felicidad tenga algo que ver con el organismo, más bien, nos invita a concebirla como un tema “exclusivamente” mental y la salud física, por otro lado, es solo un asunto orgánico. No notamos que van de la mano.

Así vamos por la vida, por ejemplo con la sensación de estar optimistas o apesadumbrados, y aunque sea obvio que una u otra cosa resultan del impacto que en nuestro cuerpo tiene lo que sentimos y pensamos, optamos por resistirnos y más bien afirmar: “no tienen nada que ver”.

Todos hemos tenido la experiencia de ver llegar a la casa a uno de nuestros familiares y que con solo verlo sabemos lo que le pasa. No necesitamos preguntarle, su postura corporal nos lo cuenta, está feliz o acongojado, saludable o enfermo. Lo sabemos con solo mirarlo. A veces nos dicen: “Pero yo no he dicho ni una palabra”. No importa, para nosotros es claro.

Desde luego, es difícil percibir la manera en que los pensamientos y las emociones le comunican al cuerpo lo que ocurre en la vida emocional y mental de cada uno de nosotros. Pero lo que sí resulta asombroso, es que cuando el cuerpo lo sabe de inmediato se hace evidente en la expresión, en la postura, y entonces también lo saben nuestros familiares y nuestros amigos.

En la consulta, esta relación puede ser evidente o sutil, pero siempre termina apareciendo.

Por ejemplo, son muchas las personas que dicen: “No sé lo que me pasa… pero me siento cansado(a), no tengo alientos, no me quiero levantar, me falta fuerza… me falta energía... yo no sé, no me siento muy bien. Mi médico me dice que no tengo nada, piensa que es stress.”

En principio lo que cuentan tiene que ver con su estado físico. Pero, con frecuencia, ocurre que en la conversación van apareciendo otras situaciones, al preguntar por ejemplo: “¿Desde cuándo te está pasando?”

No es raro que el relato siguiente adquiera una forma parecida a esta: “Bueno, yo venía muy bien, trabajando duro y con ánimos, todos mis hermanos se fueron de la ciudad, y me quedé solo acá, pero a mí eso no me molesta… yo lo entiendo bien, pero no sé, me fui desanimando”.

En un relato como este, sería inevitable preguntar: “¿Qué pasó con la tristeza que te dio cuando toda tu familia se fue?” y puede ser que la respuesta tenga un patrón similar a este: “Pues qué le iba a hacer, nada, no me podía poner a llorar, alguien se tenía que quedar frente a la situación”. Cuando se recuerda la situación y las emociones llegan de nuevo la persona nota que sus sentimientos están ahí, que merecen atención, pero lo maravilloso es que, cuando lo hace, su vitalidad vuelve a aparecer y con ella la felicidad. El solo reconocer la situación nos pone en un escenario distinto.

Lo que sucede es que aunque entendamos racionalmente las situaciones, si nuestro corazón no está de acuerdo, el se encargará de que lo notemos, nos lo hará saber usando el cuerpo como “medio” de comunicación.

Según nuestra capacidad para entenderlo, él hablará suave o duro. Stress o dolor en la cabeza o la espalda, insomnio o pérdida de apetito, los síntomas pueden ser diversos, pero los explicamos diciendo que es el trabajo, la presión, o que hay demasiadas responsabilidades.

Sin embargo lo que tendríamos que notar es que nos estamos oponiendo a la vida que llevamos, y cuando no somos felices nuestro cuerpo se encarga de hacerlo notar.

En la consulta, un hombre joven hijo de un médico ya fallecido, me contaba que los pacientes de su padre lo extrañaban mucho, pues decían que además de examinarlos, él les oía sobre sus vidas, les oía sus vidas. Ni él, ni su padre habían pensado que el alivio emocional que siempre estaba presente en la consulta formara parte del tratamiento, y por supuesto, de la curación.

Si aceptamos que la felicidad y la salud física se construyen la una a la otra, no necesitamos entonces hacer grandes cambios en nuestro mundo para sentirnos armónicos. Desde el sencillo acto de la respiración hasta el compromiso profundo con la tolerancia y el perdón pueden trasformar nuestra calidad de vida. El servicio a los otros o el cultivo de una disciplina de ejercicios que regulen nuestra energía, pueden devolvernos el estado de felicidad con que nacimos.

Ser felices es una experiencia que todos podemos reconocer, que describimos con plenitud al decir: “me siento bien en mi piel o sonrío con mi corazón.”


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      Hacer una pregunta 22.09.2009. 12:06