¿No puedo vivir sin ti?

por María Antonieta Solórzano

Cuando se oye de labios de la persona amada la frase de “no puedo vivir sin ti”, normalmente se experimenta alegría. Parece normal interpretar que verdaderamente eres amado. Es, sin duda, una declaración halagadora que nos pone a las puertas del paraíso. Pero nada más lejos de la verdad.

A pesar de lo que parece, una relación fundada sobre esta premisa promete más bien ser un camino infernal. En el mejor de los escenarios, cualquier error, distancia emocional o física, hará aparecer dolores, sensaciones de abandono, y entonces los reclamos y las quejas se apoderan de la relación. Quien ocupe el lugar del dependiente, el que permanentemente afirma que “no puedo vivir sin ti”, se sentirá el bueno de la película, mientras que el otro actuará de malo.

Y en el peor de los escenarios, los celos y la agresión se pueden tomar por asalto la vida de los protagonistas. El dependiente se convertirá en el carcelero del otro. Hasta el más mínimo acto de libertad personal puede ser interpretado como una amenaza para la estabilidad de la relación. Libretos como los de las películas Atracción Fatal o Durmiendo con el Enemigo, pueden parecer novelas rosas junto a la vida real.

¿Será que podemos construir una sociedad donde las relaciones amorosas y las personas sean libres, sin creer que uno es condición necesaria para que el otro exista?

Lo interesante es que cuando hablamos de dicha clase de relaciones parecemos referirnos, exclusivamente, a las relaciones de pareja. Sin embargo, ellas tienen una historia que pasa por los vínculos afectivos con nuestros padres.

Nuestra tradición cultural nos invita a considerar normal e inherente al cariño paternal; que un papá controle a las hijas, sienta celos cuando ellas se enamoran e incluso desapruebe al yerno; o que la madre poseedora de una gran intuición tenga el pálpito de que su nuera no cuida como es debido a su hijo. Son estas relaciones que nuestra cultura considera tan normales, las que le sirven de telón de fondo a las relaciones de pareja más asfixiantes.

Recuerdo el relato de una mujer joven, profesional y casada con hombre que para desempeñar su trabajo debía viajar constantemente. Ella decía: “yo no entiendo mis reacciones. Cuando él se va me invade la tristeza, me da ansiedad, no quiero salir a la calle, lo único que me provoca es quedarme en la casa, y mejor entre la cama. No tengo paz en ningún momento. Pero cuando él llega de nuevo a la casa, lo miro y no siento nada hacia él, es como si fuera un extraño. Mi esposo no entiende nada y se molesta, a mí me parece que él es cruel.”

Al indagar por su historia familiar, ella contó que era la hija preferida del padre. Él siempre estaba disponible para ella, la acompañaba a todas partes y de paso, añadió, “no se entiende bien con mi marido”. Cuando ella se sentía mal con la ausencia del esposo, el padre venía y la acompañaba, para que no estuviera sola.

De pronto recordó que le habían contado que cuando ella era apenas un bebé, su padre había hecho un viaje y no lo reconoció al regresar. A él le dolió mucho y se dedicó a reconquistar a la hija, pero además trató de evitar los viajes. Nuestra profesional se dio cuenta de que estaba esperando que su marido la cuidara como si, también, fuera su padre.

Esta revelación le ayudó a nuestra joven a iniciar un camino hacia la independencia afectiva. Y, obviamente, al padre le costó trabajo entender los cambios que se dieron en ella, pues él había organizado su vida para poder acompañarla y cuidarla permanentemente.

Si sentimos que alguien nos necesita para poder vivir o viceversa, lo primero es encontrar en nuestra historia la experiencia en la aprendimos a pensar así. Después es liberador saber que una idea que se transforma en creencia es tan solo eso, una creencia. De ninguna manera, una condición inmutable. Todos los seres humanos tenemos los recursos internos para crear una vida en la que el amor sea una experiencia de libertad.


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      Hacer una pregunta 29.06.2010. 18:44