No hay nada de malo en mostrarse vulnerable

por María Antonieta Solórzano

En estos días, los rituales de la navidad nos acercan tanto a los sentimientos más profundos como a las expresiones de cariño y ternura más cotidianas; a las preocupaciones por los grandes problemas de la humanidad, como al agradecimiento y al compromiso con la felicidad de los más cercanos. Y no es raro entonces, que nos preguntemos si habremos honrado a nuestros seres queridos mostrándonos como verdaderamente somos.

Pues lo claro es que al vivir en una sociedad dominada por el miedo, la agresión, la inconsciencia y el poder, casi todas las personas se ven obligadas a guardar sus sentimientos más nobles y generosos porque, de manera absurda, piensan que estos son precisamente la causa de la vulnerabilidad.

Así, no es raro oír que alguien afirme: “Qué pesar, es que soy tan sensible que todo me afecta, por eso me la montan y me va mal”, o “No sé qué voy a hacer conmigo pues cada vez que me encuentro en la calle con un niño que pide limosna, me dan ganas de llevármelo para mi casa; lo mejor sería no volver a salir a la calle”.

No parecen darse cuenta que su sensibilidad es justamente un tesoro que se constituye en el eje de la compasión -expresión elevada del amor- y de la empatía, que no es otra cosa que la habilidad de ponerse en los zapatos del otro.

Aunque la presencia de estas dos cualidades tiene el poder para cambiar el destino de la humanidad, el hecho de que surjan, con ocasión del dolor que la injusticia, la agresión o violencia nos producen, hace que en muchas oportunidades perdamos el rumbo y no las dejemos aparecer. Por lo tanto, no resulta extraño que muchas personas dediquen grandes esfuerzos a volverse fuertes y duros, a encontrar ese sitio mental en el que, aparentemente, nada los afecta y todo les da lo mismo. Lo más doloroso es que muchas veces lo logran.

Y es que pensamos equivocadamente que el dolor solo puede conducirnos a dos lugares. Por un lado, nos atrapa en una sensibilidad que nos desgarra y nos convierte en víctimas, o por el otro, nos conduce hacia la dureza de corazón que nos hace indolentes y nos aleja la generosidad.

Al decidir usar la dureza de corazón, como solución al dolor, el riesgo que asumimos es que ella, lentamente, se vaya instalando en todos los momentos de nuestra vida, y cuando menos lo pensamos, se ha convertido en una segunda naturaleza, pues no se la puede usar solo como un vestido para salir a la calle.

En la consulta es frecuente oír cómo nuestro verdadero Ser se pierde en las máscaras que desarrollamos para cumplir, fríamente, con las exigencias que nos hacen los roles y funciones que desempeñamos a lo largo de la vida. Por ejemplo, una mujer que estaba agotada, al borde de una seria depresión, recordaba que de joven era alegre y divertida, pero que al morir sus padres tuvo que aplicarse, sin mayor preparación, a manejar y proteger la herencia. En consecuencia, se convirtió en una persona exigente y perfeccionista, a un punto tal que sus hijos no pueden creer que ella había sido risueña, pues todos los momentos en su presencia ahora se tornaban tensos. La dureza de corazón había invadido su hogar y la relación con sus hijos.

O un hombre común y corriente que se va acostumbrando, en el mundo que llamamos real, a hacer de la soberbia una máscara coherente con la prohibición de mostrar vulnerabilidad. Esto a un extremo tal que cuando necesita expresar el amor que siente por sus seres queridos, ya no sabe cómo hacerlo, se confunde y parece que regañara. La sorpresa de su familia es grande cuando notan que el afecto lo conmueve y llegan a decir: “Nunca lo habíamos visto tan enternecido, no nos imaginábamos que él pudiera ser así”.

En cambio cuando escogemos la sensibilidad, el valor de vivir el dolor nos abre otros caminos. Podemos descubrir el héroe que llevamos dentro y, por ejemplo, tener la fuerza suficiente no solo para actuar aisladamente, sino también para comprometer a otros a realizar acciones de solidaridad.

Pero sobre todo lo más importante: cuando las vulnerabilidades de nuestra familia nos conmuevan, nuestro corazón y nuestra capacidad de lucha se pondrán a su servicio. Nuestro verdadero ser podrá honrar los sentimientos más profundos y las expresiones de cariño y ternura más cotidianas; y seremos capaces de mostrar nuestra legítima preocupación por los grandes problemas de la humanidad, tanto como el agradecimiento y el compromiso con la felicidad de los más cercanos.


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      Hacer una pregunta 01.12.2009. 19:16