Nacemos y Morimos Muchas Veces

por María Antonieta Solórzano

La existencia humana se balancea entre la vida y la muerte. Percibimos el comienzo con el nacimiento y la muerte como el último adiós. Sin embargo, a lo largo de nuestra vida nacemos y morimos muchas veces. Podemos renacer de situaciones que no imaginábamos superar. Y, en otras, podemos sentir que se nos va el alma y morir en vida. Muerte o transformación, dolor o liberación, definen el curso de nuestra experiencia. Nosotros elegimos.

El ciclo de vida-muerte es permanente. Muere la niñez para que la adolescencia ocurra. Las viejas ideas dan paso a lo nuevo para que nos ilumine. El odio tiene que cesar para que el perdón ocurra, el miedo para que la libertad nazca y el dolor para que la felicidad fluya.

Recuerdo con cariño y admiración a Chela, quien pocos años después de la avalancha en Armero (Colombia), al ver cómo nacían brotes de hierba sobre el camposanto, dijo con profunda emoción: “Armero vive”. También a Jorge, su esposo, quien cuando alguien le preguntó para qué sembraba si no iba a va a ver la cosecha, contestó: “Yo siembro porque soy sembrador, otros podrán cosechar”. No sobra decir que por su sabiduría, cosechaba aún antes de sembrar.

Y ejemplos hay mil. Un grupo de artistas del Eje Cafetero, ocho días después del terremoto de 1988, durante una sesión de grupo, se abrazaron en un conmovedor llanto compartido y desde esta unión de corazones salió un grito: “Armenia florece, Armenia renace”. Ellos desde el dolor se enfocaron hacia el futuro, decidieron, como el ave fénix, renacer de las cenizas. Y así ocurrió. Así ocurre siempre.

No todos sin embargo, eligen trascender el dolor que les sobreviene. Muchos buscan instalarse con cualquier excusa en él. Converso en la consulta con personas que parecen creer que el sufrimiento no solo es inevitable, sino que es un destino. Hacen del sufrimiento una razón para existir. Increíble pero cierto.

Lo más paradójico es que organizan su vida de tal manera que, al oír sus relatos, resulta difícil imaginar que puedan hacer otra cosa distinta de sufrir. Se resisten a dejar de hacerlo. Atendí una vez a una persona que, con dolor, expresaba que había renunciado a casarse con un novio que parecía un verdadero príncipe azul, porque según ella, esto le impedía atender a sus padres. Al preguntarle por qué era imposible realizar las dos cosas, me explicó que sus padres eran muy buenos y se merecían todo, que cualquier sacrificio era poco. Es decir, ella había encontrado su argumento para elegir vivir renunciando. En otras palabras: su opción era ser víctima.

Imaginemos lo que ocurre en una nación cuando esto ya no es una manera excepcional de pensar sino más bien se ha vuelto una ideología corriente, casi natural. Nuestras creencias culturales convierten el sufrimiento en una virtud. Se dice que alguien es un santo o una santa cuando ha padecido mucho y no ha hecho nada para salir de esa condición.

Pero insisto: los verdaderos santos o héroes no se resignan, sino que trascienden el dolor justamente para salir de él. Usan su fuerza para crear una nueva forma de convivencia en la que ese dolor tenga sentido. Y ese que tiene sentido es aquel que ocurre cuando se abandona un etapa, un ciclo, un proyecto que ya ha dado sus frutos y hay que seguir adelante. El dolor del parto, por ejemplo.

Cada vez que nos movernos en dirección de un ideal o un sueño, sabemos que en la ruta conoceremos el dolor. Si estamos alertas para notar que el dolor está en el camino pero no es la meta, podremos trascenderlo. El Señor Frodo, héroe del ‘Señor de los Anillos’, elige liberar al planeta del mal. Pero para ello se atreve a deshacerse del anillo en los fuegos de Mordor. El dolor de la pérdida era un obstáculo en el camino, de ninguna manera su meta. Jesús de Nazaret en su pasión elige vivir el dolor en el camino hacia la resurrección. Muere para nacer.

Recapitulemos. Cuando aparece el dolor por hechos inesperados o trágicos, nos obligan a comenzar de nuevo, nos hace héroes. Pero hay que trascender este dolor para resurgir de las cenizas como el ave Fénix. Si por el contrario, decidimos o creemos que inevitablemente sufrimos por causa de los que amamos y en consecuencia pensamos que el dolor es un destino, nos convertimos en víctimas y nos creemos santos. Pensémoslo bien: esto es solo una pobre manera de ejercer dominio sobre otros.


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      Hacer una pregunta 20.10.2009. 11:18