Libertad Mutua: Base de la Dignidad

por María Antonieta Solórzano

Cada vez que situaciones externas o nuestros propios impulsos se toman nuestra vida, nos sentimos incómodos e incluso avergonzados. En esas circunstancias, nos invade una sensación interna, extraña, pero inconfundible. Tal parece que nos encogemos por dentro y mirar de frente a los demás cuesta trabajo.

Y es que si nuestros principios y valores nos indican que para ser dignos es preciso oponernos a la voluntad del otro o a nuestro deseo egoísta, se vuelve imperativo ser coherente, pues de otra manera nuestra salud física y mental se verá afectada. ¿Será posible que oigamos los dictámenes de nuestro ser interior y al ser coherentes con este hagamos de la dignidad una práctica cotidiana?

En nuestra cultura se ha convertido en un lugar común confundir la dignidad con la arrogancia. La diferencia entre las dos situaciones no puede ser mayor: actuamos con dignidad siempre y cuando nos demos cuenta de que somos creadores y constructores de nuestro destino y, en cambio, nos comportamos con arrogancia cuando nuestra autoestima se alimenta del desprecio por los otros.

Es decir, una persona digna se hace cargo de su vida y es capaz de cuidar y proteger a los demás, mientras que una persona arrogante por el contrario, no se para sobre sus propios pies, sino sobre la autoestima de los demás.

La una es autónoma y la otra dependiente. Sin embargo, como en todos los asuntos de relaciones humanas, se necesitan dos para crear la complementariedad y este caso no es la excepción. Así, el punto crucial de esta dinámica surge cuando nos damos cuenta de que nuestras creencias, acerca de la obediencia y el poder, hacen que muchas personas se conviertan en facilitadores de los arrogantes.

Por ejemplo, ayudan a construir el ego de los arrogantes cuando aceptan que la cantidad de dinero acumulado habla de qué tan exitoso o valioso se es. Y como ellos no lo tienen, entonces permiten que se les discrimine, se les niegue o se les desplace. O cuando al estar de acuerdo con que el prestigio social es el único criterio válido para determinar su importancia en la sociedad. De nuevo, como ellos no lo tienen, entonces se suponen insignificantes.

Mientras sigamos permitiendo que este tipo de creencias guíen nuestra vida, será frecuente compartir en la consulta relatos en los que las personas renuncian a sus mínimos derechos, porque están convencidas que así les toca. La conocida historia del transeúnte que paseaba por la calle y vio como un hombre golpeaba con brutalidad a su mujer y se atrevió intervenir dándole un puño al agresor. Pero para su sorpresa, recibió de la victima otro golpe mientras gritaba: “déjelo que para eso es mi marido”. Este, por desgracia, es el libreto que subyace en muchas relaciones.

Así por ejemplo, es usual que en las familias y en las empresas la persona que acumula poder, arrogantemente, se adjudica el derecho de tratar con desprecio a quienes dependen de él o de ella. Y seguirá actuando de esta forma si los maltratados solo se quejan entre ellos, si la dignidad necesaria para reclamar el buen trato les es ajena, si seguros de que no son importantes ni valiosos, los vence el temor a perder el afecto o el reconocimiento.

En la otra cara de la moneda, los arrogantes que en general no perciben que los domina el ansia del poder, que son títeres en manos de su propia ambición, algunas veces en la confidencialidad, cuentan su vida y entonces la ansiedad aflora y la vergüenza de sus acciones los atormenta. Es alarmante ver como nosotros, los seres humanos, vivimos recorriendo todos los matices que se pueden encontrar entre la arrogancia y la humillación, cuando en realidad todos podemos vivir dignamente.

La llave maestra para lograrlo es recordar que cada vez que nos relacionamos con otro, es imperativo que actuemos de tal forma que el resultado invariable sea aumentar las posibilidades de libertad del otro en simultáneo con la nuestra. Así, al aceptar este derrotero en nuestro comportamiento, será posible disfrutar de la plenitud y bienestar físico y emocional que la dignidad tiene para nosotros.


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      Hacer una pregunta 09.09.2009. 14:56