La Paz se Construye con Paz

por María Antonieta Solórzano

Nos alarma saber que, en lo que va corrido del año y de acuerdo con estadísticas de Medicina Legal, en nuestras instituciones escolares han sido heridos a manos de sus compañeros, más de seiscientos menores. Nos duele reconocer que lo inimaginable ocurrió pues ellos, fieles a nuestras tradiciones culturales, han convertido el ataque en la forma privilegiada para manejar el conflicto. Pareciera ser que solo necesitáramos una buena razón para elegir la agresión como una actitud legítima.

Con frecuencia, encontramos esa razón en las acciones del otro. El niño del jardín infantil no duda en afirmar: “le pegué porque él me molestó”. El adolescente no vacila en gritar: “se mueve rapidito y se va quitando de mi puesto o se las ve conmigo”. La madre dice: “cómo no le iba a pegar, ¿no ve que me dañó tal o cual cosa?”. El campesino sabe que le ayudó al que no tocaba y lo van a matar. El profesor humilla al estudiante porque fue impertinente, etc., etc. En síntesis, si según las razones del otro cometimos un error, lo podemos pagar caro.

Pero quizás la consecuencia más deplorable de este estado de cosas es que el que tiene el poder de atacar puede actuar como a él le parezca bien, logra imponer su criterio; en cambio, quien solamente tiene el poder de conversar y crear soluciones a los conflictos, se ve en peligro de ser atacado y, en muchas ocasiones, exterminado.

Al parecer nuestra historia familiar y social es más el resultado de las acciones de quienes se han impuesto por la fuerza, y menos la necesaria consecuencia de decisiones conversadas entre quienes han logrado resolver sus diferencias. ¿Será que estamos destinados a ser gobernados por las razones de los que atacan y no por la sabiduría de los que conversan?

Y es que el miedo a la muerte, física o simbólica, se encarga de que nosotros, por acción o por omisión, participemos en la construcción de familias y sociedades jerárquicas en las que quien tiene el poder de imponerse define el rumbo de la vida de los demás.

Recuerdo una conversación con un joven de unos 14 años que me decía que tenía problemas con la agresión, que sus padres y sus profesores así se lo decían. Contó que un día en el colegio vio como un muchacho grande matoneaba a un niño más pequeño, y cómo él se abalanzó y le pegó al matón. Me explicó que había aprendido en su hogar a defender a los pequeños, sin embargo, su profesor solo vio cuando él golpeo al grande. Como en el colegio estaba prohibido pelear, él recibió matricula condicional.

Cuando la agresión es la única forma de defensa pero, incluso, está prohibida, los que intentan cumplir con las reglas se encuentran en problemas. El dilema moral del joven era grande, ver torturar a un niño pequeño y quedarse quieto le resultaba inadmisible. Aunque él tomó su decisión, defendió al niño y asumió una consecuencia difícil, la situación no se resolvió pues el matón seguía actuando al escondido, no podía denunciarlo porque eso lo convertía en “sapo”; situación que le causaría más dificultades.

Desmontar todo el sistema de creencias que convierte a los agresores en privilegiados es un trabajo que requiere la participación simultánea de muchos estamentos en una comunidad. En este caso particular, de toda la comunidad educativa, pues se descubrió que también en las relaciones entre los profesores, los de mayor jerarquía matoneaban a los de menor rango. Los educadores tampoco sabían conversar para manejar sus diferencias: usaban el rango, la humillación y la negación del otro, como mecanismos para acumular privilegios.

Sin embargo, los maestros al notar que sus relaciones jerarquizadas formaban parte de las causas de la violencia entre sus alumnos, optaron por re-educarse, aprender a conversar, de tal manera que el punto de vista de todos estuviera incluido en las decisiones que tomaban. Y, cuando las redes de confianza se fortalecieron entre ellos, pudieron dar ejemplo a sus estudiantes, apoyar el surgimiento de las relaciones de cooperación, precisamente porque ellos eran capaces de hacerlo.

A pesar de que las costumbres facilitan la agresión, al pertenecer a una comunidad que conversa en vez de atacar, al reconocer el peligro que entrañan las buenas razones para elegir la agresión como una actitud legítima, cambiamos las tradiciones culturales que, equivocadamente, han convertido el ataque en la forma privilegiada para manejar el conflicto. Si creamos familias y comunidades que conversen en lugar de atacar, dejaremos para nuestros hijos el mejor de los legados: la paz se construye con la paz.


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      Hacer una pregunta 10.08.2010. 22:23