La Dependencia no es Felicidad

por María Antonieta Solórzano

Caminamos por la vida deseosos de encontrar en algún lugar, en alguna persona, en alguna situación, ese tesoro que nos hará felices, ricos, amados, tranquilos. En ocasiones, el deseo se transforma en desesperación. Nada alcanza a ser como lo que necesitamos. Más parece que corriéramos ansiosos detrás de algo desconocido para que la vida tenga sentido, para alcanzarlo antes morir.

En esa carrera loca y en esa búsqueda incesante se nos va la existencia. Buscamos experiencias, relaciones y hasta sustancias que nos prometen el paraíso, la calma, la lucidez.

No es raro oír a alguien afirmar que “cuando estoy con Pedro o María me siento seguro; en cambio, con Juan o Marta me da un ataque de miedo y me siento mal”. O que “solamente cuando logre tener éxito, dinero y amor, podré ser feliz”.

El patrón común de todas estas experiencias no es otra cosa que la dependencia, y, por extraño que parezca, en esas circunstancias la vida resulta emocionante.

Con frecuencia, en la consulta me encuentro con alguien que, por fin, ha logrado salir de una relación profundamente conflictiva, que lo hacía vivir entre las dichas inmensas y los dolores casi insuperables. Dice que ahora está tranquilo por un lado pero, por otro, siente como que su camino ya no tuviera sentido.

Y es que las relaciones dependientes como las adicciones, son emocionantes y peligrosas. Se vive en el riesgo y muchos de nosotros nos sentimos alertas en el peligro y aburridos en los espacios seguros.

Nuestros patrones culturales llenan nuestra vida cotidiana con un alto nivel de exigencias que nosotros vamos aceptando sin notarlo, y aún más, considerando que es un modo de vida normal. Permanentemente resuenan en nuestro interior sentencias como: ‘no eres suficientemente delgada como para que te amen’; ‘no eres suficientemente rico como para que te valoren’; ‘no eres suficientemente inteligente como para que la maestra te apruebe’; ‘no te esfuerzas suficiente’; ‘no eres lo suficientemente valiente’. Y así podríamos continuar hasta el infinito citando frases que resuenan en nuestra mente y que nos enajenan conduciéndonos a una vida dependiente. Pensamos que el amor, la aprobación, la admiración es algo que otro nos va otorgar cuando hagamos meritos frente él y probemos que somos exitosos. La vida se vuelve tan emocionante como una carrera, una competencia, en la siempre estamos a punto de perder o ganar.

Recuerdo en la consulta a un muchacho joven, enamorado y celoso, que tenía planes muy importantes acerca de su futuro. Era inteligente, culto, atractivo y no entendía por qué estaba adicto a una sustancia, si en su opinión su vida era perfecta.

Él, como muchas personas exitosas, no notan que son dependientes. Creen por el contrario que son autónomas. Solo tuve que preguntarle si él amaba las cualidades que él mismo relataba, y más aún, que se si se amaba a sí mismo, para que se desangrara en lágrimas. Y aunque su corazón me mostró su dolor profundo y su vacío interno, su mente lógica replicó: “No entiendo bien, como así: ¿Que si me amo a mí mismo? No sé cómo hacer eso.”

Él, como muchas personas enamoradas, tampoco notaba la distancia que hay entre amar y depender. Los celos son una señal de la necesidad de controlar o de poseer al otro. Hablan más de la inseguridad de ser amados que de la capacidad de amar.

Qué conmovedor es compartir ese momento en que alguien entiende que se no se ama a sí mismo, que ha estado viviendo para que otros lo aprueben y tal vez, después lo amen.

La vida perfecta, en la que se cumplen todas las expectativas de éxito personal, social o económico que la cultura propone sobre nosotros, nos hace olvidar quienes somos esencialmente, que es lo que queremos. Pero, sobre todo, nos impide hacer nuestra primera tarea: amarnos a nosotros mismos; nos convierte en símbolos de prestigio. Al buscar la meta predilecta del éxito, que es ser lo que otros quieren que seamos, nos lleva a perdemos de nosotros mismos.

“La vida perfecta” abona el camino para las adiciones, pues el sueño de encontrar en alguna situación ese tesoro que nos hará felices es compartido. El deseo que se transforma en desesperación, en donde nada parece ser lo que necesitamos, la carrera ansiosa detrás de algo que no tenemos para que la vida tenga sentido, para alcanzarlo antes morir, se convierte en el pan diario de los exitosos perfectos y de los adictos.

Qué maravilloso es encontrar personas que son inmensamente felices con su vida, y qué curioso comprobar que no necesitan de esas fórmulas convencionales del éxito.


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      Hacer una pregunta 29.09.2009. 12:30