La Adicción, ¿Consumo o Estilo de Vida?

por María Antonieta Solórzano

Es frecuente ver en las noches, por las calles de nuestras ciudades, grupos de jóvenes, casi niños, muy contentos gozando de la rumba, fumando al lado de una botella de licor. Frente a este escenario, no es raro que algún adulto afirme: “¡Oh, juventud, divino tesoro!”, mientras otro se alarme y diga: “¡Dónde están los padres de estos niños, no deberían permitirles estos excesos!”

Muchos consideran que esta situación desaparecerá con la madurez, mientras que algunos creen que se detiene dejando de consumir. Pero, ¿será que las adicciones se limitan a los episodios de consumo o son más bien una enfermedad y un estilo de vida?

Este dilema comienza con el hecho de que los seres humanos buscamos sentir felicidad y placer, pero cada uno de nosotros tiene una idea particular y distinta de lo que necesita para lograrlo y, desde luego, la forma en que logremos alcanzarla marcará nuestro estilo de vida.

Para algunos la felicidad es un estado más bien cotidiano que se pierde ocasionalmente, mientras que para otros es una experiencia rara y esquiva. Estos recurren a distintas experiencias para salir de la tensión, el dolor o la angustia. No pocos acuden al consumo de alguna sustancia o experiencia ya sea el alcohol, el tabaco, la marihuana, los chocolates, el sexo, el poder o las relaciones para equilibrarse.

Pero lo que se inicia como una manera fácil para aliviarse y sentir fuerza interior, se convierte en una obsesión pues cuando no consume aparecen, de nuevo, el aburrimiento, el dolor y la tensión. Así, lo que en principio es una solución, se convierte luego en un infierno, en una cárcel -la adicción- de la cual se es prisionero permanente.

Recuerdo el dolor de un joven que llevaba unos años luchando, en soledad, con su adicción al alcohol y a las drogas. Me relataba su sentimiento de indignidad y de impotencia al ver cómo fracasaba en su lucha: cada vez que se proponía abandonar el consumo volvía a caer. Cada vez veía más lejos la posibilidad de su liberación, veía como su vida personal y laboral se iba a pique y, aun así, no podía evitarlo. Imaginaba el dolor de su familia al verlo destrozarse y aún así, el consumo le ganaba.

El dilema entre una sobriedad o abstinencia dolorosa y los momentos de euforia o felicidad pasajera, donde su propia personalidad se pierde, lo atormentaba permanentemente.

Finalmente, después de un episodio de gran indignidad durante una noche de consumo, pudo romper su silencio y pedir ayuda. Habló con sus padres y todos decidieron asistir a psicoterapia.

Al conversar con los padres fue claro cómo ambos experimentaban soledad y tensión, pues la mamá era huérfana de madre e hija de padre alcohólico, mientras que el padre era hijo de madre alcohólica. Ambos tenían conciencia del factor hereditario y aunque no consumían sustancias, eran mutuamente dependientes: no concebían sus propias vidas sin la presencia del otro. Ellos habían tenido cuidado de no facilitar el consumo de sustancias, pero no habían notado que su dependencia entrañaba un estilo de vida adictivo.

Al darse cuenta que la enfermedad adictiva iba más allá del consumo de sustancias, tomaron la decisión de atravesar el dolor de la abstinencia, es decir, darse la oportunidad de confrontar su soledad y buscar en su poder interior la solución a su ansiedad. El joven eligió suspender el consumo, en un principio acompañado por sus padres y, poco a poco, fue notando que recuperaba su fuerza. Esto le permitió reconocerse como un ser digno y maravilloso. Desde esta conciencia acerca de su propio ser, le fue posible liberarse.

Es claro pues, que no solamente el consumo de drogas o alcohol es lo que determina la adicción de una persona. También su estilo de vida. Lo que hace la adicción es incapacitar a las personas para elegir libremente. No cuentan con su voluntad para dirigir sus estados emocionales.

El estilo de vida adictivo no comienza en las noches de rumba de los niños jóvenes. Se inicia en sus genes y se amplifica con la complacencia de un mundo adulto que acepta que la felicidad depende del mundo externo en lugar de ser una opción sólida que puede construirse con nuestra propia fuerza interior.

Podemos liberarnos de las dependencias, del estilo de vida adictiva, cuando aceptamos que la libertad de elegir nuestro destino no se ejerce desde la esclavitud de la enfermedad, sino desde la conciencia sana que descubre nuestro verdadero poder interior.


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      Hacer una pregunta 02.11.2010. 20:41