Frente a la Crueldad, Compasión

por María Antonieta Solórzano

Lamentablemente en Colombia estamos acostumbrados a que a un pariente, hijo o a un simple conocido, lo atraquen o lo roben. Nos cuentan que iba en un taxi y le hicieron el paseo millonario; que se quedó solo en la casa, oyó el timbre, abrió y le robaron todo. Nos duele, pero al fin al cabo, pensamos que la injusticia social hace que la violencia aumente. Pero también que está vivo luego de esa experiencia, y que la plata no es lo más importante.

Sin embargo, cuando nos relatan todo lo que suceden alrededor de estos hechos, como por ejemplo que los ladrones entraron a la casa armados y que no les bastó amedrentar al hombre de edad sino que, además, lo molieron a patadas, lo insultaron, lo amarraron etc.; que al del paseo millonario se lo llevaron para una casa en la que había otras víctimas y que lo golpearon para hacerle subir una escalera arrodillado, que lo forzaron a consumir drogas hasta que tuvieron tiempo suficiente para desocuparle las cuentas y que, finalmente, lo botaron en cualquier sitio; nos quedamos sumidos en una sensación de impotencia y desolación.

Y es que en estas situaciones nuestro ser se paraliza. No entendemos nada. Nos asusta solo imaginar qué es lo que tienen en la mente o en el alma, quiénes son capaces de hacer estas cosas. Nos preguntamos qué es lo que hace que un individuo cruce ciertos límites de conducta y transite hacia lo antiético, en donde sus acciones están destinadas a generar dolor sin compasión. ¿Qué es lo que hace que un ser humano, igual a nosotros, sea insensible al dolor de otro?

Muchas de las historias de las personas que asisten a consulta, tienen que ver con el dolor que han recibido y con el dolor que han generado.

En no pocas ocasiones, los padres y las madres se desconectan de su conciencia ética y terminan diciendo o haciendo cosas de las que después, cuando caen en cuenta de lo que pasó, se arrepienten. Por ejemplo, una madre me contaba que cuando su hija tomó una actitud retadora, irrespetuosa con ella, se le nubló la visión e inexplicablemente tomó el palo de una escoba para golpearla. Por fortuna la niña se lo impidió. La madre no podía entender cómo le había sucedido eso, si precisamente ella no admitía que nadie agrediera a su hija.

Al conversar pudo recordar cómo durante su infancia había aprendido que un ser que irrespeta a la madre puede hacer cualquier cosa, que no reconocerá límites. El dolor y el miedo de suponer en su hija a un ser sin principios, la encegueció. Al entender esto pudo poner en contexto lo que había sucedido, y sintió compasión por su error y el de su hija. Así, desde este sentimiento, que no es otra cosa que la forma más alta del amor, pudieron recuperar su relación.

En otras historias el desenlace no es tan reparador, pues la desconexión de la conciencia ética es más permanente. Lo doloroso es que nuestras tradiciones culturales a veces enmascaran dicha desconexión, presentándola como una condición difícil pero normal.

Por ejemplo, aquellos esposos que hacen verdadero el dicho popular de “luz de la calle oscuridad de la casa”: aquellos que en el mundo exterior se muestran amables, seductores y encantadores, y que son vistos como adorables, aunque en realidad son solo manipuladores pues la otra faceta de su personalidad -la de la oscuridad y no la de la luz-, revela en verdad quiénes son. Así, en el hogar actúan de manera despectiva, dura, lesionando sin remordimiento la autoestima de los más cercanos. Las dos estrategias, engaño o brutalidad, tienen un mismo fin: someter a su voluntad al otro. No admiten la libertad de los que seducen ni de los que agobian.

Estos personajes, por lo general, no asisten al consultorio de un terapeuta, pues los escasos momentos en los que se conectan con su conciencia ética, no perduran lo suficiente como para examinarse. En consecuencia, la información acerca del dolor que generan no logra transformarse en compasión hacia sí mismos o hacia sus semejantes.

A la consulta, en cambio, sí llegan sus víctimas. Y lo hacen cuando logran aceptar que si el ser que dice amarlas es el mismo que las tortura, la relación no tiene futuro, pues para amar se requiere la presencia de la conciencia ética.

Recordemos que una creencia como la de que el fin justifica los medios, abre el espacio para que los atracadores, los seductores y demás seres desconectados de la conciencia ética, enmascaren su crueldad. Podremos liberarnos de la parálisis y del horror de la crueldad cuando reconozcamos que el bien se construye con el bien, el amor con amor y que la compasión es la que tiene la fuerza suficiente para construir y reconstruir las relaciones éticas entre los seres humanos.


(Descarga gratuitamente este artículo: Haz click aquí.)

      Hacer una pregunta 23.03.2011. 16:09