Enamoramiento y Amor: No es lo mismo

por María Antonieta Solórzano

Cada vez que tomamos una decisión queremos estar seguros de que nuestra elección es la mejor posible. Las cosas hay que pensarlas bien, aconsejan los juiciosos. Tomar en cuenta las opiniones de los demás, mirar todas las alternativas, examinar los pros y los contras, son las sugerencias que el sentido común indica.

Pero, en el mundo de los sentimientos, de las relaciones de pareja, las señales que alimentan el balance no parecen tan claras. ¿Lo que conviene es divorciarnos o darnos otra oportunidad? ¿Corremos el riesgo de avanzar en esta nueva relación o nos salimos antes de que sea tarde?

Las relaciones de pareja no son solamente la expresión del encantamiento y el amor entre dos personas, aunque estos sentimientos siempre están presentes al inicio del encuentro. Evocan uno de los misterios más grandes de la vida. Acercan el alma de dos seres, establecen entre ellos cercanías cargadas de emociones, comprometen su sentido de vida, igual que su misión.

No es raro que las personas se sorprendan al notar que experimentan emociones profundas, frente a alguien que ni siquiera conocen bien. Más aún: hay casos en que la fuerza que los une resulta inexplicable, no solo para los demás, sino también para ellos.

¿Cómo asumir esa experiencia? ¿Es acaso posible conocer al otro de una manera relativamente objetiva y, al mismo tiempo, estar enamorados y construir el amor?

Sabemos que el enamoramiento es parecido a una locura temporal: que la dependencia nos hace necesitar a otro de una forma tal que no podemos concebir la vida sin él y que el amor, en cambio, nos da la fuerza para acompañar y aceptar a otro sin descuidarnos, sin morir en el intento.

Parece ser que aunque en principio las diferencias en una relación pronostiquen un desastre, ella tendrá más oportunidades de crecer si lo que experimentamos nos permite decir lo siguiente: ‘Puedo alejarme de este vínculo si mi autoestima, mi capacidad de apreciarme a mí mismo, mi autonomía, mi derecho de ser lo que soy, se ven amenazados’.

Y es que cuando la libertad de ser lo que se es y la aceptación del otro son los hilos con los que se teje un vínculo, este se vuelve sólido.

Otra cosa muy distinta ocurre cuando lo que se cree es que el otro debe complacerme, debe ser como yo lo necesito. En estas circunstancias aunque las similitudes pronostiquen un éxito seguro, el desastre se da. Un nexo de pareja que se fundamente en convertir al otro en alguien distinto de lo que es, terminará en una guerra. Dependiendo del modo de ser de los participantes, intensa y abierta o sutil y subyacente, siempre habrá guerra.

Recuerdo el relato de una pareja en la que él era inteligente, librepensador y bastante alegre; ella, seria, tradicionalista, muy dedicada a su profesión, más bien rígida. Me contaban que cuando se conocieron nadie aprobaba su relación, que incluso un sacerdote amigo de la familia de la novia habló con ella para pedirle que se alejara de este hombre.

Las diferencias hacían predecir un desastre. Ellos, conscientes de sus distancias, asumieron apoyar el desarrollo del otro y no intentar cambiarlo.

El se comprometió a dejarla tranquila en su seriedad y dedicación al trabajo y aún más a apoyarla y estimularla. Ella a respetar su manera libre y alegre de vivir. Sabían que durante al comienzo el trato sería fácil de cumplir, pues el enamoramiento disminuye el dolor que las disparidades traen.

Pero que luego hacer acuerdos para educar hijos librepensadores y mantener las tradiciones iba a exigir lo mejor de cada uno de ellos, que el reto del amor no es la dominación ni el sometimiento del otro, sino por el contrario la apertura y la libertad.

Cumplieron su pacto. Cuando asistieron a consulta llevaban 30 años de matrimonio y necesitaban manejar una enfermedad terminal en uno de sus hijos.

Durante el tiempo en que trabajamos se hizo evidente que su compromiso con dejar ser al otro había construido un amor sólido, que en ese momento no solamente beneficiaba su relación de pareja, sino que además permitía dar contención a los hijos.

En el mundo de los sentimientos, a pesar de lo que se cree, las señales que alimentan el balance son más claras de lo que parece.

Podemos correr el riesgo de asumir una nueva relación cuando manejar las diferencias es un acto de confianza en el amor y en nosotros mismos y no una adicción al sufrimiento.

Conviene divorciarnos cuando cambiar al otro se convierte en el objetivo de la relación, cuando nosotros mismos tenemos que ser otros para continuar en el vínculo. Conviene darnos otra oportunidad cuando, aunque hayamos perdido el rumbo, todavía somos lo que somos y podemos amar lo que el otro es. Nuestra mejor elección siempre será una relación que no subyugue, un amor que libere.


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      Hacer una pregunta 14.09.2009. 12:11