El Orgullo... siempre el Orgullo

por María Antonieta Solórzano

A diario vemos cómo las relaciones entre las personas, los matrimonios, las amistades, y aún las relaciones entre las naciones, agonizan porque con ocasión de un episodio desafortunado alguien sintió su orgullo herido. Según nuestras costumbres y tradiciones, este es un motivo suficientemente válido no solo para iniciar un conflicto, sino también para llevarlo hasta las últimas consecuencias.

¿Será que estamos destinados a terminar con lo esencial por cuenta del famoso orgullo?

Lo que sucede es que como el orgullo en muchas oportunidades tiene más que ver con creernos importantes y parecer valiosos que con nuestro real valor, entonces lo usamos para salvaguardar las apariencias y construir las máscaras con las que nos relacionamos.

Estamos tan acostumbrados a vivir de la apariencia que, desde las rutinas cotidianas hasta los cuentos de hadas, se nos presenta como un lugar común. Así por ejemplo, en la vida diaria de una pareja, puede ocurrir que si ella gana mas dinero que él, este se resienta, y entonces se autorice a conseguir una amante. Obvio, por aquello del orgullo herido y por ninguna mejor razón.

También, en la “Crónica de una Muerte Anunciada”, obra literaria que nos habla de nuestra propia memoria cultural, vemos como Bayardo San Román, el marido ofendido, devuelve a la novia, Ángela Vicario, a la casa paterna, porque gracias a Santiago Nassar ella ya no era virgen. En consecuencia, a Santiago, por demás inocente, lo mata el orgullo mancillado de los hermanos Vicario.

Y en los cuentos de hadas que hacen visibles nuestros valores y memorias ancestrales, nos relatan que los padres de la Bella Durmiente olvidaron invitar a un hada al banquete del nacimiento de la niña. El hada que se sintió rechazada usó su magia y entonces, de nuevo, gracias al orgullo lastimado, la princesa y el reino durmieron durante cien años.

Parece ser que cada vez que alguien no nos otorga el reconocimiento social que suponemos merecer, nuestras costumbres nos autorizan para desatar sin miramientos la ira de los dioses y arrasar sin misericordia con todo, incluido lo que amamos.

Podemos afirmar que cuando esta clase de orgullo nos domina, apostamos el todo por el todo. No nos detenemos, perdemos lo que nos es más preciado; la única ganancia es salvar el orgullo que no es otra cosa que la máscara de nuestras propias inseguridades.

En cambio, si el marido que consigue la amante para compensar su orgullo herido se pregunta: “¿Cómo es posible que la productividad de mi señora amenace mi orgullo masculino?”, seguramente se encontraría con que está poniendo su orgullo de ser hombre en las apariencias y no en lo esencial.

Y si se atreviera a acoger en su corazón su propia inseguridad, entonces hallaría motivos para agradecer la generosidad de su esposa y preferiría cuidarla en vez de agredirla. Pero, sobre todo, en lugar escudarse en su orgullo, salvaría la oportunidad de convivir con quien ama.

Si los miles de Bayardos San Román, maridos burlados de las miles de Ángelas Vicario de nuestra historia cultural, se ofendieran menos y valoraran más la construcción del amor, nuestra memoria colectiva contaría con cien años de compañía y no con cien años de soledad.

En fin, si quienes, como el Hada, tienen el poder en sus manos, se preguntaran más por su responsabilidad en el destino de los pueblos y menos por su importancia personal, las naciones se despertarían en un mundo en que se construye la confianza necesaria para crear abundancia material y espiritual.

En conclusión, cuando notemos que el orgullo es sencillamente una idea o pretensión sobre lo que los demás deben creer acerca de nosotros y, en consecuencia, diferenciemos lo esencial y real de lo aparente e imaginado, podremos ver renacer las relaciones leales entre las personas, las parejas, las familias y las naciones.


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      Hacer una pregunta 08.06.2010. 17:24