Educar para el Amor

por María Antonieta Solórzano

El ciclo vital es ineludible. Los padres de hoy fuimos los niños y adolescentes de ayer. Educados por nuestros padres, más de una vez oímos estas frases: “así se hacen las cosas”, “se lo digo porque yo sé lo que es mejor para usted”, “más sabe el diablo por viejo que por diablo”. Lo interesante es que a nosotros este argumento nos parecía aceptable.

Pero hoy día las cosas han cambiado. La juventud habita en un mundo veloz en el que ni distancia, ni tiempo suceden como antes; los eventos se conocen en tiempo real, además las relaciones y las soluciones a los problemas se dan en los espacios virtuales.

Los padres y los educadores ya no tienen el sitio que tenían en las generaciones anteriores. Ya no son ni la autoridad suprema y temida de la época de los abuelos, ni los padres amigos y compañeros de los años ochenta, y ni siquiera los súbditos de los noventa al paso que vamos. ¿Será que llegaremos a decir que “más sabe el diablo por joven que por diablo”?

Lo claro es que poco a poco el sitio de los educadores y de los padres se ha ido desdibujando, y no porque los jóvenes no necesiten guía y contención emocional, sino porque nos perdimos en el camino; seguimos empeñados en manejar las relaciones con ellos como si los estuviéramos preparando para habitar en el pasado. Y los jóvenes viven en “parches”, no tragan entero, ni se callan por “respeto a la autoridad”, no creen que ser adulto sea igual a ser maduro y, aunque no saben la diferencia entre conocimiento y sabiduría, no quieren aprender de la experiencia de los mayores.

Además, miran a los adultos como pertenecientes a una cultura cavernícola, pues no jugaron con Play Station, no nacieron en la era del Internet y, además, se enredan convirtiendo un teléfono celular en una central de mensajes. Todo lo tuvieron que leer y fueron los profesores, y no Discovery Channel, los que les contaron que las jirafas existían. Aunque sí quisieran que sus padres y maestros los guiaran.

No falta, por ejemplo, el padre o la madre que muy preocupados por el consumo de drogas de sus hijos, hacen un esfuerzo para hablarles de los peligros de la droga, mientras ellos mismos se fuman un cigarrillo o se toman un trago; o el que conversa sobre los peligros de la sexualidad, el embarazo o el sida, mientras la infidelidad campea en sus relaciones de pareja; o peor aún, los que se asustan de que sus hijos pertenezcan a alguna barra que propicia peleas a la salida del colegio, mientras ellos toman partido por la solución bélica de los conflictos sociales.

Para hacer más difícil el escenario, los maestros deben cumplir con un currículo rígido y exigente que a los niños y jóvenes les interesa poco. Además de dictar ocho clases al día, y corregir tareas y trabajos, se espera que realicen la misión más difícil: la de formar valores, probablemente durante los recreos o en las conversaciones de corredor.

Quién lo creyera, ni los padres de familia, ni los profesores del colegio, tienen tiempo suficiente para dedicarse a realizar la labor más importante en la vida de un joven, la de reconocerse como un legítimo ser humano en convivencia con otros seres humanos igualmente legítimos, es decir, el ejercicio de amar y ser amado, de respetar y ser respetado.

En la consulta, al conversar con directores de colegio, uno de ellos me relataba que tenía a su cargo 1800 niños, lo que correspondía a unas 1000 familias que repiten en su vida diaria todas las dificultades y contradicciones de nuestra sociedad y que, recientemente, algunos estudiantes habían decidido experimentar con drogas. El resultado había sido una intoxicación durante horario escolar.

Aunque es bien conocido que el consumo tiene múltiples causas, la comunidad responsabilizó al colegio por el suceso. Pero en la conversación, los educadores encontraron que la verdadera solución, por obvia que parezca, es tener más tiempo, horas y no minutos al día, para compartir con los jóvenes, formarlos en lugar de informarlos, y promover entre ellos redes de confianza que les permitan cuidarse unos a otros.

Los padres y los educadores ya no tienen el sitio que tenían en las generaciones anteriores, ya no tienen que ser ni la autoridad suprema de la época de los abuelos, ni cómplices, ni súbditos; más bien pueden ser verdaderos formadores en el amor, creadores de redes de confianza entre los jóvenes, para que podamos decir que la verdadera guía tiene que ver con crear un mundo donde el amor se dé en tiempo y espacio reales.


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      Hacer una pregunta 27.09.2010. 22:19