Divorcio: Cuando la Ilusión se va

por María Antonieta Solórzano

Cuando un noviazgo se termina o un matrimonio se acaba, el dolor llega. Un dolor que se relaciona con lo perdido y con la incertidumbre acerca del futuro. Usualmente, lo primero que intentamos para calmarnos es buscar explicaciones, repasar la historia de la relación, identificar ese preciso momento en que las cosas dejaron de estar bien y comenzaron a aparecer las señales de que algo andaba mal. Nos preguntamos: ¿De qué no me di cuenta? ¿Fue mi culpa?

Con frecuencia cuando un vínculo de pareja se termina, algunos dicen: “Pero qué raro, si era la pareja perfecta”. O: “¿Cómo así? Si todo iba tan bien”. Lo más llamativo es que, a veces, uno de los afectados piensa lo mismo. No logra entender que pasó. Dice: “Bueno, yo no me lo imaginaba, hace apenas una semana estábamos hablando de la nueva casa”. O: “Sí teníamos algunos problemas, pero no más de los que siempre habíamos tenido”.

En la otra cara de la moneda no falta quien opina: “Y de qué se sorprenden, antes duraron mucho”. Se intenta explicar la ruptura culpando la personalidad de alguno. Sin embargo, resulta más enriquecedor buscar las claves de la ruptura en la misma evolución de la relación.

Lo que se aprende en la consulta es que existe un imperceptible proceso de distanciamiento emocional que precede la terminación de una relación. Sin embargo y, por lo regular, la lejanía ha empezado mucho tiempo antes y no es atrevido afirmar que normalmente se inicia con un secreto. Este puede ser de cualquier índole: acerca de algo que molesta, de un problema económico o del surgimiento de una emoción por otra persona. O, incluso, el típico: “No le cuento porque para qué, solo se va angustiar o a molestar y para qué.”

Generalmente este secreto tiene que ver con algo más sencillo, pero inconfesable. Ella creía que él era el caballero que la iba a proteger y cuidar como a la mujer de sus sueños. Pero como las cosas no se dieron así, el desencanto llega. O él pensaba que al final del día iba encontrar una esposa perfecta, un hogar con chimenea encendida y olor a pastel de manzana. Y como la vida no es así, la desilusión ocurre. O cualquiera de los dos un buen día resuelve que ya no quiere tener hijos y eso rompe el hechizo, daña la convivencia. Cualquiera sea la situación, el resultado es el mismo: cada uno guarda un secreto para sí mismo, que no es otra cosa que el desencanto.

Aunque hablar en estas ocasiones es importante y siempre es mejor que la situación esté clara, el acusado no tiene mucho qué decir porque a nadie le cabe la responsabilidad de no ser lo que el otro soñó. En otros términos: cuando el enamoramiento pasa, la situación se agrava si el desencanto se mantiene en secreto. Además, pretender que el otro cambie suele ser el camino equivocado. No se puede esperar que el otro, como si fuera una ficha de un rompecabezas, ajuste y llene mis vacíos de forma perfecta. Más bien de lo que se trata es de tomar las riendas de la propia vida, para conversar la desilusión. Y eso ya es toda una tarea.

Es usual oír en la consulta que a lo largo de las últimas semanas o meses de una relación, previo al rompimiento, el silencio se entroniza en la pareja. Y esa pérdida de la comunicación lleva consigo la pérdida del cuidado mutuo, la ternura y la sexualidad. Son momentos de soledad, incertidumbre y abandono para ambos. Momentos dolorosos. La autoestima de cada cual se desploma. La confianza se resquebraja. El uno ya no sabe ni qué piensa el otro ni qué hace durante el día o la noche. La distancia se convierte en un abismo.

De repente, alguno de los dos trata de expresarlo: ella quisiera hablar de la falta de atención, de no ser oída, de sentirse sola; él de no sentirse acogido. En estas circunstancias, no es raro que el cónyuge responda que eso no está pasando, que en realidad eso no es así. Hay negación de la realidad y, desde luego, el distanciamiento avanza y se profundiza.

En la consulta, al acompañar a hombres y mujeres a reflexionar sobre estas situaciones, encontramos que el momento que marcó la diferencia entre sentirse vivos, plenos, llenos de amor o aquel en el cual solo hay resignación o comodidad, es cuando se perdió la apertura para hablar de la desilusión. Y perder la ilusión tiene que ver con dejar de soñar juntos, de construir, de ser equipo. En ese momento, la vida de pareja dejó de tener sentido.

Las personas me dicen: “Esto de las relaciones es muy difícil, uno se siente que algo le falta si está solo, pero también siente que algo le falta si está acompañado. Esto no parece tener salida.”

Pero sí la hay. Como siempre sucede, el mismo problema tiene la solución. No somos seres incompletos aún cuando las creencias culturales nos programan para creerlo. Al entregarnos y compartir honestamente con la pareja nuestra capacidad de amar, y expandirla para que seamos más de lo que soñamos ser, podemos evitar que nuestra vida amorosa pase por la desilusión, el distanciamiento y la ruptura dolorosa.

Pero también cada uno de nosotros tiene la posibilidad de cuidarse y protegerse. Cada uno de nosotros puede crear un hogar calido. Cada uno de nosotros es, maravillosamente, un ser completo que elige a un compañero para compartir la aventura de vivir y no solamente una media naranja. Lo primero, quererse tiene que ver con hablar de lo secreto.


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      Hacer una pregunta 23.02.2010. 13:22