¿Dignidad para mí?... También para él

por María Antonieta Solórzano

Es usual que las circunstancias externas determinen nuestro comportamiento. Así, una esposa dulce explica que se sale de sus cabales porque su esposo estaba iracundo; un padre de familia que cree en las buenas maneras, cuenta que se le cierra a otro vehículo, aún poniéndose en riesgo, porque alega que “ese qué se cree”, que “yo no soy un bobo”. Resulta totalmente sorprendente y se piensa que sólo Gandhi pudo pronunciar una frase como: “Estoy dispuesto a morir por mi causa, pero no estoy dispuesto a matar por ninguna”.

Parecemos creer que mantenernos fieles a nuestros principios de respeto y cuidado, más allá de las circunstancias, es prácticamente heroico o loco. Nuestras costumbres culturales nos invitan a creer que es cuestión de dignidad contestar la agresión con agresión, que dar escarmiento es lo que corresponde si hemos recibido una ofensa.

Y, desde luego, la dignidad entendida en palabras de Fernando Sabater como “participar en la creación de nuestro destino junto con Dios”, es verdaderamente importante, pero no ocurre lo mismo con el orgullo herido o el ánimo de venganza.

Cuando hablamos con las personas que están decididas a no dejarse de nadie, oímos muchos razonamientos que pueden resumirse en frases coloquiales como: “a mí al son que me toquen bailo”; “conmigo por las buenas porque si me tratan a las malas yo también me doy mis mañas”. Dolorosamente, aunque estas personas se sientan muy seguras acerca de estas ideas, pues creen que con ellas afirman su dignidad y valor, lo que en realidad muestran es que están dispuestas a renunciar a muchos de sus valores y principios con tal de no dejarse de nadie.

Recuerdo, por ejemplo, una persona que en consulta me decía: “yo no estoy dispuesto a aguantar las crisis de locura que le dan a esa señora”- refiriéndose a su esposa-; “ella habla con desprecio y vulgaridad de mi familia y de mis amigos; por lo tanto, yo sí le mostré, para que sepa lo que es bueno, que yo también tengo cosas qué decir acerca de los defectos y las vergüenzas de su gente. La verdad es que yo me críe en un hogar decente donde estas cosas no pasaban, yo soy muy distinto”.

Él pensaba que su propio acto, también vulgar y despectivo, era solo el resultado de la provocación de su señora. No estaba dispuesto a reconocer la responsabilidad que le cabía en su agresión. Él, como muchos, suponía que la única causa de los dramas familiares era ella y que en cambio él solo respondía. Como él no comenzaba, presumía que su acción estaba totalmente justificada en la defensa propia.

Entonces le pregunté si él notaba cómo había renunciado a la tradición que parecía querer preservar. Él aseveró: “no, justamente, por eso estoy decidido a no dejarme, porque uno tiene que mantener su dignidad”. Insistí: “¿Cómo puedes dar testimonio de un principio justamente cuando actúas al revés?” Él se quedó pensando y afirmó: “entiendo, en verdad no puedo hablar de que valoro el trato cordial y amable porque así fui educado yo, y contradictoriamente para demostrarlo vocifero y humillo”. Entendió que así estaba traicionando sus ideales.

Y es que no siempre que creemos defender nuestra dignidad lo estamos haciendo. Ella tiene que ver con construir nuestra vida y destino de acuerdo con los propios valores y no con los antivalores. La propia dignidad no puede ser el resultado de la humillación de los demás. Esta no se mide en la cantidad de personas sometidas y arrodilladas que tenemos en nuestra historia. En síntesis, de ninguna manera puede alimentarse con la indignidad de los otros.

Cada vez que permitimos que las circunstancias externas determinen nuestro comportamiento y nos transformen en lo que no queremos ser; cuando notemos que de hombres caballerosos nos vemos convertidos en patanes de la calle; o de mujeres con señorío nos transfiguramos en brujas resentidas, valdría la pena recordar que estamos renunciando a nuestro libre albedrío y a decidir nuestros actos según nuestros propios valores. Podríamos pensar que la frase de Gandhi tiene mucho qué enseñarnos acerca de nuestra propia cotidianidad. Tal vez podríamos afirmar: “estoy dispuesto a vivir en mis valores y no estoy dispuesto a aceptar ninguna invitación a traicionarlos”.


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      Hacer una pregunta 13.07.2010. 19:30