Cuando las Emociones me Dominan

por María Antonieta Solórzano

Las emociones ocupan un lugar protagónico en nuestra vida cotidiana, tanto en el ámbito de lo personal como en el de lo social. En general, con ocasión de algún evento, un grupo humano o una persona en particular pueden pasar de la tranquilidad a la rabia, de la satisfacción a la desesperación, incluso de la paz a la violencia.

Y es que las emociones se pueden experimentar como una invasión de sensaciones incontrolables que prácticamente se adueñan de nuestra personalidad y, sin fórmula de juicio, nos encontramos diciendo o haciendo cosas que nos generan un gran sufrimiento, o peor aún, en las que nos desconocemos totalmente.

Por ejemplo, un grupo de aficionados de un equipo deportivo puede pasar de celebrar un triunfo, a la agresión más furibunda. O una persona afirmar: “no sé qué me pasó, me dio tanta rabia que insulté a mi mamá y yo no soy así; me parece tan extraño, no suelo reaccionar así pero es que me dio tanto dolor que no me pude contener”. En muchas ocasiones la conocida frase de Mafalda “hasta mis debilidades son mas fuertes que yo” sirve bien para describir nuestra relación con las emociones.

Lo usual en nuestras costumbres culturales es suponer que las emociones tienen un comportamiento parecido a los virus: nos dan, como la gripa, sin mayor intervención de nuestra voluntad. El resultado de esta manera de pensar es que permitimos que ellas se encarguen de nosotros y no, como debería ser, nosotros de ellas. ¿Será que somos capaces de lograr que nuestras debilidades sean menos fuertes que nosotros?

En verdad, y contrario a las creencias populares, las emociones que experimentamos son las que elegimos. Lo curioso es que, normalmente, no nos tomamos el tiempo necesario para observar de dónde vienen, ni cuáles son las creencias que las sostienen. Cuando una persona se detiene a observar sus reacciones emocionales, como en cámara lenta, descubre que no ocurrieron porque sí, sino que más bien ellas se seleccionan con un propósito especifico.

Una joven no lograba entender sus “ataques” de ansiedad. Decía que le daban intempestivamente, le parecía que le venían en cualquier momento. Al ponerle la cámara lenta a sus experiencias, comenzó a descubrir que entre ellas había un patrón común. En general, la ansiedad le daba cada vez que le pedían informaciones precisas. En ese momento sentía como si la respuesta fuera un asunto de vida o muerte, le atacaba el temor a equivocarse.

Al preguntarle qué era lo más grave que podía pasar si se equivocaba, su lógica normal la llevó a responder, pues nada. Pero al observar en cámara lenta la situación, notó que ella creía que si se equivocaba los demás no la aprobarían y, entonces, eso sí sería grave. La idea de ser reprobada, por cualquiera, era peligrosa, pues la llevaba a crear la ansiedad que se estaba tomando su diario vivir.

En este punto habíamos entendido de dónde venía la ansiedad, pero el sufrimiento aún continuaba. Y es que ella estaba segura de que si no encontraba aprobación su vida, se desmoronaría inevitablemente.

Nos preguntamos entonces, si podía estar absolutamente segura de que eso era verdad. Después de pensarlo llegó a la conclusión de que no podía. Es más, admitió que había una duda razonable que eso pudiera suceder. Además, le dedicó un poco de tiempo a imaginar como sería su vida si fuera libre de creer que la aprobación era tan necesaria. Y, no sobra decir, que le gustó lo que pudo suponer.

Las emociones no son como los virus: no nos invaden sin motivo ni razón. Pero lo que sí es claro, es que los motivos y las razones no son tan externos como acostumbramos creer. No están fuera de nosotros. Más bien, habitan en nuestro mundo interno. De manera tal que el desencadenante de los estados emocionales amables o destructivos, es nuestra propia manera de pensar o interpretar los eventos, y no son los eventos en sí mismos.

Si queremos vivir en una sociedad donde las emociones no se lleven por delante las mejores intenciones de las personas o de los grupos, una sociedad donde seamos más fuertes que nuestras debilidades, será necesario hacer un alto en el camino, observar las emociones y examinar la veracidad de las creencias que las sostienen, pues solo somos responsables de los efectos de nuestras acciones en el mundo cuando somos dueños de nuestras emociones.


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      Hacer una pregunta 15.06.2010. 18:51