Criticar, ¿privilegio de los que mandan?

por María Antonieta Solórzano

Todos estamos de acuerdo con la idea de que reconocer humildemente el error es el primer paso para corregir el rumbo y aprender. Lo curioso es que seguimos fielmente esta premisa siempre y cuando se trate de las equivocaciones del vecino y no de las propias. Lo hacemos con más veras si el vecino es, por ejemplo, un hijo, un subalterno o un ciudadano común y silvestre. Nosotros, en cambio, somos padres, jefes o líderes políticos.

En otras palabras, quienes representan autoridad están convencidos que tienen la obligación de indicar las equivocaciones de aquellos que están bajo su mandato; pero que, por el contrario, sus propios errores, si es que existen, deben tratarse con el mayor de los cuidados. Pues se supone que al establecerse en una posición de autoridad, no solamente se adquiere el poder sino la posición de ser infalible.

¿Hasta cuándo seguiremos viviendo bajo la premisa patriarcal que considera que el orden social se consigue si tu primera obligación es obedecer a la autoridad, y la segunda hacer lo que sea necesario para conservar esa autoridad?

Hasta ahora, nuestra historia cultural se teje alrededor de organizaciones jerárquicas, desde las familias hasta los estados, en las que la autoridad se ha acostumbrado a creer que siempre tiene la razón. Ven la paja en el ojo ajeno, pero ignoran la viga en el propio.

Así por ejemplo, cuando una madre acusa a su hija de ser terca y desobedecer, y la hija a su turno se atreve a responder- la terquedad será compartida pues no oyen razonamientos-, lo más probable es que la madre se enfade y responda con un viejo adagio: “Lo que nos faltaba, ¡los pájaros tirándole a las escopetas!” Esto, para dejar en claro la jerarquía: aquí mando yo y criticar es mi privilegio.

O lo peligroso que puede ser para un subalterno encontrarse con los errores de su jefe inmediato. Deberá decidir si privilegia la lealtad con la institución, salta el conducto regular y habla; o confronta a su superior inmediato que puede actuar bajo la premisa anteriormente enunciada, y solo recibe con humildad y reflexión las criticas de su propio jefe.

Recuerdo el dolor de un hombre que había vivido una circunstancia parecida. Con ocasión de algunos errores que él observaba en su superior inmediato, intentó conversarle y se encontró con su intransigencia. Luego se enteró, por el correo de las brujas, de que su jefe lo describía frente al presidente de la compañía como alguien conflictivo y poco digno de confianza y, por tanto, candidato a la destitución. Pues todo aquel que note los errores del que manda es desleal y traidor; no se le puede considerar constructivo e importante para el desarrollo de la organización.

Ni qué decir de las actuaciones que, a través de la historia, tienen los estados poderosos cuando resuelven que un líder específico o que una decisión particular de una nación en su zona de influencia, son peligrosos para su propia estabilidad. En estos escenarios, se adjudican el derecho de intervenir, invadir, declarar guerras, apoyar revoluciones; porque los que tienen el poder suponen que saben muy bien lo que a los demás les conviene.

Podremos reescribir nuestra historia cultural cuando esta se teja alrededor de organizaciones, familias y estados donde la libertad de participar sea más importante que la obediencia, y las autoridades consideren honorable reconocer sus errores y aprender de ellos. Cuando, en fin, la paja del ojo ajeno sea una oportunidad para el perdón y la misericordia.

Ese día habremos superado la era patriarcal y pensaremos que el orden social se construye bajo la premisa participativa, en la que la primera obligación es reflexionar críticamente sobre los errores propios; y la segunda hacer todo lo necesario para que sean reconocidos y corregidos como corresponde a leyes del amor y la dignidad.


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      Hacer una pregunta 29.11.2010. 20:46