Confiar, siempre Confiar

por María Antonieta Solórzano

En algún momento de nuestra vida nos hemos preguntado si el sufrimiento emocional tendrá salida. ¿Podremos dejar de sentirnos solos, de tener miedo al abandono o temor del futuro? ¿Será que tenemos que continuar aferrados a nuestros bienes materiales o a nuestras ideas, creyendo que estos son la única fuente de seguridad?

Frente a estas preguntas cada quien tiene su respuesta y su propia interpretación, que van desde la vanidad o el egoísmo, hasta la injusticia social o las ideas religiosas que postulan que el pecado original es el origen de todo padecimiento. Y así, al buscar la receta que borre de la faz de la tierra el dolor, proponemos, por ejemplo, un nuevo orden socioeconómico, una filosofía espiritual o un plan nutricional que cure todos los males. Lo complejo es que por buena o completa que sea la teoría, la realidad o la voz de los otros se encarga de mostrarnos que cualquiera de estos planteamientos tiene apenas un valor relativo.

Es innegable que frente a dichos cuestionamientos experimentamos impotencia. Constatamos en no pocas ocasiones que la fuerza de la costumbre se lleva por delante las mejores intenciones y los proyectos más maravillosos. Y a regañadientes aceptamos que ni nuestras opiniones ni las de otros parecen ser suficientes para crear un sistema de vida en el que el sufrimiento no sea el pan diario de cada día. Es, sin duda, una realidad alarmante.

Y es que por absurdo que parezca, entregarnos a otro, sentir que podemos confiar en nosotros mismos y en los demás, lejos de parecernos lo mejor de la vida, ha llegado a constituirse no solamente en una amenaza sino, quién lo creyera, también en una locura.

Lo que ocurre es que desde el mismo momento del nacimiento, desde las experiencias más tempranas, se nos transmite la creencia de que somos incompletos, vulnerables e indefensos. Esta idea parece una verdad incuestionable, de manera tal que, en el mejor de los escenarios, solo podemos confiar en nuestra madre y a veces en la familia, para que nos ayuden a vivir con semejante carga de incapacidades. Y, por supuesto, en la peor de las situaciones, no hay nadie, estamos solos frente al mundo.

En consecuencia, una frase como esa que se oye de cuando en cuando –“a ese no lo quiere ni la mamá”- expresa muy bien la opinión de que el único amor incondicional es el que podría provenir de la madre. De allí en adelante todo ocurrirá según las reglas de la conveniencia y no precisamente de las del bien común.

Pero las cosas no se quedan ahí, a pesar de las afirmaciones sobre la incondicionalidad del amor maternal, los niños y las niñas entienden a temprana edad qué es lo que tienen que ser o hacer para que la madre, el padre, la familia y la sociedad, estén contentos y satisfechos. Y no son pocas las ocasiones en las que ni siquiera así se logra estar seguros de que contamos con el amor y la protección de los otros.

En un grupo de terapia conversaba con un exitoso profesional de unos cuarenta años, quién se preguntaba –“qué es lo que me pasa que a pesar de ser sensible, leal y cuidadoso en el trato con los demás, no tengo en este momento ningún amigo de toda la vida y me divorcié recientemente?”-. Es interesante anotar que los demás lo aprecian y respetan con facilidad pero, aún así, él siente solo; y a pesar de tener un sólido prestigio, también se siente asustado de quedarse pobre. Al hacer el recorrido por su biografía aparecieron varios datos que nos fueron explicando el origen de su sufrimiento.

Había nacido cuando sus padres sufrían un revés económico originado en condiciones políticas, situación tan frecuente en nuestro país. Así que la inseguridad y la desconfianza en la vida y en el futuro eran las emociones que prevalecían en su cuna. Aunque sus padres quisieron darle amor incondicional, sus propios miedos no solamente lo impidieron, sino que también el niño los sintió.

Hacia los tres años se perdió en un parque de diversiones. Aunque la experiencia duró en tiempo real unos treinta minutos, para él fue una eternidad. El miedo al abandono se instaló en su mente en la que ya habitaba la desconfianza en el mundo. Y, como si no fuera suficiente, con ocasión de una pilatuna a los siete años, su padre lo echó de la casa. De nuevo, el tiempo real de la experiencia fue corto pues la madre intervino y el niño pudo regresar. Pero el daño ya estaba hecho.

La confianza en los demás estaba definitivamente rota. Cualquier cosa que él consiguiera podía perderla, no contaba con nadie.

Afortunadamente al percibir el impacto de su historia en el grupo, rompió en llanto, los demás lo acogieron y lo abrazaron. Este apoyo le permitió dar un paso adelante en su vida y comenzó a recibir lo que siempre había añorado: Confianza en la vida, en la familia y el prójimo.

Qué importante resulta para las personas y su autoestima que puedan sentirse unidas, más allá de las diferencias políticas, económicas, religiosas o de cualquier tipo. Así, los seres humanos evitarían la soledad, el abandono o la desconfianza. Sería excelente que confiáramos en la confianza.


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      Hacer una pregunta 08.02.2011. 16:49