Armonía entre lo Masculino y lo Femenino

por María Antonieta Solórzano

La mayoría de nosotros anhela vivir una relación de pareja armónica; una en la que los conflictos frecuentes acerca de quién manda a quién, de cómo hacer las cosas o de cuál es el trato que debemos darnos, no sean el pan diario de cada día. ¿Cómo lograrlo si es que hemos sido cuidadosamente entrenados para pensar que los hombres y las mujeres somos tan distintos, que entre nosotros ni siquiera podemos hacer acuerdos? Sí, hemos llegado a creer que lo masculino y lo femenino no parecen ni prójimos.

Así, al vivir con estos supuestos, renunciamos al anhelo de entendernos y complementarnos y, peor aún, terminamos convencidos de que este es, sencillamente, un deseo romántico que no tiene nada que ver con la vida práctica.

Y es que la historia de la crisis de las relaciones entre los hombres y las mujeres se pierde en la memoria de los tiempos. Pero con seguridad existió un momento, un paraíso terrenal, en el que sí nos entendíamos. Después algo grave debió suceder, sobrevino el paraíso perdido, nos llenamos de confusiones y de luchas por el dominio.

En el trabajo con los grupos y en la consulta con las mujeres y los hombres con quienes converso, todos se cuestionan el porqué tenemos que vivir con este dolor que nadie entiende. Por ejemplo, los hombres sienten terror de su propia ternura y se intimidan frente a la fuerza de una mujer; y nosotras las mujeres evitamos expresar que somos capaces de asumir la vida, parecer inteligentes o asertivas para poder ser por lo menos aceptadas.

Pero para poder buscar una salida tenemos que buscar en la memoria de los ancestros pistas de cómo sucedían las relaciones entre los hombres y las mujeres cuando no estaban marcadas por las luchas de poder, por el patriarcado o el matriarcado, cuando lo femenino y lo masculino en la humanidad se expresaban al igual que en la naturaleza: con coreografías que creaban la vida biológica, psíquica y espiritual.

Recuerdo el proceso de encuentro que se dio en un grupo que se atrevió a aventurarse en esta investigación. Recordaron que antes los hombres mayores iniciaban a los hombres menores en la sabiduría de lo masculino, de guiar, cuidar, proteger, pero que quede claro, no se trataba de apoderarse, dominar o ser servidos. Anotaron que las mujeres mayores iniciaban a las menores en los conocimientos de lo femenino, en el cultivo de la intuición, en el arte de nutrir, en el disfrute de la sexualidad, desde luego, no se trataba de ser sumisas, obedecer y depender.

Los hombres de este grupo se permitieron, entonces, crear una danza en la que ellos evidenciaron su fuerza, se mostraron guerreros y conocedores de su vigor; despertaron a la mujer dormida, la honraron con su cariño y protección. Y las mujeres del grupo, a su vez, crearon una nueva historia en la que al nacer sentían el orgullo de ser mujeres, expresaban su determinación de asumir plenamente su sexualidad, saludaban una maternidad comprometida y no sometida y honraban la presencia de los hombres en sus vidas.

Ver hombres y mujeres que se comprometen, de nuevo, con la búsqueda de la armonía en su intimidad y en sus afectos, permite que la esperanza de una convivencia equilibrada en la humanidad renazca.


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      Hacer una pregunta 04.08.2009. 16:55